Un presidente al que le falta autocontrol. Lo que Javier Milei y sus serviles exégetas nos están diciendo es que el Presidente hace lo que se le da la gana. Por ciertas grietas se vislumbran precipicios, por ciertos agujeros abismos, por ciertas rendijas universos. ¿Qué se alcanza a ver a través del pequeño y mezquino ‘affaire Michelli’? A primera vista parece insignificante, un tropiezo menor en el camino de un gobierno revolucionario, pero me temo que revela mucho más de lo que aparenta. Sobre todo porque no es el primer episodio de este tipo. Por lo que se sabe, nada indica que el rechazo del pliego haya obedecido a alguna razón de mérito. Todo apunta a una venganza política. Y, para colmo, una venganza transversal: golpearla a ella para que el cuñado, periodista incómodo, entienda. Un manual de advertencia mafiosa. Libertario, liberal, liberista, libertino: el Gobierno puede llamarse como quiera, pero quien confunde la autonomía individual con la pertenencia familiar vive en un orden preliberal y predemocrático, ajeno a toda idea moderna de libertad.