Argentina, San Juan, Martes 17 de Octubre de 2017
FM Del Sol - La Justa - 91.9
MARTINA CHAPANAY
Fragmento de la historia de San Juan¨de Daniel Chango Illanes





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El despojo de la tierra y el agua, motivó que surgiera un “movimiento campesino indígena”, de resistencia social.

Una de las líderes de este movimiento de resistencia fue Martina Chapanay, mestiza, según algunos, aboriginaria según otros, nacida en 1800 en Zonda, hija de Ambrosio o Juan Chapanay, de madre blanca, cuyo nombre era Mercedes González. Otros dicen que nació después de 1810. Se han dicho cosas delirantes, como que era hija de un indio toba, que nadie explica cómo podría haber llegado San Juan. Otros dicen que su padre era el cacique de Zonda. Pero no faltan los que aseguran que era lagunera. Y punto.



El periodista y escritor José Baidal la hace mulata, habitante de la barriada de la Chimba, habla del tal Cruz Cuero, la imagina amiga de San Martín y la inventa mendocina, además.



"La Martina era una mulata de averías, jinetaza y cuchillera, que supo tener a mal traer a los que se pasaban con ella. Descontenta y sin saber qué era lo mejor, vivía en el barrio La Chimba, entre la actual los Pescadores (hoy Coronel Díaz) y el Canal Zanjón.

Era machaza de verdad y más de una vez no sacó el cuchillo para defenderse, por que le sobró con un puñetazo para voltear al más zafado. Un día se topó con el Cruz Cuero, jefe de bandidos montoneros que se ocultan en medanales de lo que hoy es Lavalle y sólo salían de allí a robar. No entendió cuando él le dijo que conocía su fama y venía a llevársela. Ni tampoco le dio al Cruz Cuero para sacar la daga; extrajo la suya rápidamente, le aplicó un planazo y le buscó la panza. Desorientado el bandido sólo atinó a defenderse cuerpeándole a la morena, para luego, desde lejos, decirle entre carcajadas, que parara la mano, porque él quería arrimarse a ella, pa vivir juntos, pues. La mulata vestía blusa, bombacha de gaucho y botas de cuero. Dijo, mientras guardaba el cuchillo: eso ya es otra cosa.

Y se juntaron nomás. Se quedaron en La Chimba, más bien en la calle de Los Pescadores, haciéndose clientes de la pulpería y de los patios con fiestas campestres (...). Cruz Cuero con sus antecedentes y costumbres pronto encontró dificultades, y con la mulata regresó a las lagunas, junto al bandidaje que se escondía en los bosque de centenarios algarrobos, entre los médanos de ese desierto que todavía existe (...).

Allí la mulata peleó junto a su compañero, en asaltos a viajeros de la zona. La pareja se afincó en Lagunas del Rosario, donde ya se había levantado la capilla con ese nombre y el cementerio, junto al cual se eleva todavía, un algarrobo secular al que los lugareños llaman desde entonces, "el árbol de la Justicia y de los Suplicios". En una gruesa rama de éste se ahorcaba a los condenados a muerte y en el tronco - que tenía un cepo - se torturaba a los forajidos. La mulata, preocupada por los sobresaltos que de continuo le producían las corridas policiales, decidió que en alguna otra parte podría cambiar de vida.

En las Lagunas del Rosario, con el tiempo, también se ocultarían llaneros que huían de La Rioja, como José Manuel Cornejo, Estanislao Gil, Cruz Albino y hasta el mismísimo y tan temido capitán Guayama.

Le extasiaba el caos del desierto, le agradaba también su gente, se hubiera quedado allí para siempre, pero otros acontecimientos, como anticipándose a sus anhelos, dispararon sus dudas y causaron su futuro.(...)

Un día, tras otro de los ya mentados asaltos, la Mulata vio cómo una de las partidas daba muerte a Cruz Cuero. Salvóse ella saltando como una fiera sobre los sorprendidos milicos, con su cuchillo cruzando el aire a diestra y a siniestra.

No se dio por vencida y reorganizó la banda, capitaneándola por mucho tiempo. La dirigió en muchos otros atracos, protegida por la gente humilde a la que entregaba lo producido de los robos. Pero un día, contemplando el Algarrobo de la Justicia y de los Suplicios, se le dio en pensar si alguna vez no le tocaría a ella ser colgada allí. No tuvo miedo. Sí una clara visión de la realidad y una rara sensación de disconformismo. Además, ya nada sería igual sin el Cruz Cuero.

Dejó en libertad de acción a la banda y volvió a la Chimba. Al verse nuevamente en lo suyo, supo que sería otra persona. Advirtió que casi no quedaban hombres jóvenes. Se habían ido a El Plumerillo, donde un general organizaba las fuerzas que liberarían a Chile y al Perú. Fue una revelación. Hacia allí se dirigió al galope de su caballo, urgida por algo desconocido. Y ofreció sus servicios a un extraño y admirado general San Martín, quien la nombró chasqui del ejército. Así nació otra vida, también llena de peligros y de hazañas, pero recompensada con el honor. Y galopó sin descanso en su montado día y noche, llevando y trayendo mensajes para el general San Martín. Se ganó el respeto de jefes y de soldados y lucía con orgullo la chaqueta de oficial que el General le había regalado, bombacha de paisano, botas de charol con espuelas. También supo cargar sable, se hizo diestra en el manejo del fusil, y hasta aprendió a disparar un cañón, pero sin dejar a su última amiga la daga, que llevaba metida en su bota, lista para ser usada.

San Martín estaba sorprendido de su eficiencia y contemplándola con su mirada de águila, un día que salía a la carrera de su flete con otro mensaje, se dijo que mujeres así necesitaba la Patria. Mujeres como ésa -que ahora descansa de su azarosa vida protegida por la Historia- como esa, como la de Martina Chapanay".

[BAIDAL, José: Cuentos de la Mendoza marginal]



Pedro Echagüe inventa un padre toba para Martina. Simplemente para sostener el prejuicio que en San Juan no “hay” indios, prejuicio que luego administró a nivel intelectual, Mariano Gambier:



“A poco más de treinta y cuatro leguas de la capital de San Juan, y en dirección al S. E. de la misma, hállase situada la primera de las famosas lagunas de Guanacache, que, como se sabe, proveen a la ciudad de exquisito pescado. Sobre las movedizas arenas que circundan el cauce de la más importante de aquéllas, la llamada "El Rosario", y bajo un techo de totora y barro, nació Martina Chapanay el año de 1811.

La sencilla vida de los escasos moradores de aquellos lugares, no convenía a los instintos de la criatura ansiosa de espacio y movimiento, según más tarde lo demostraría. Aparejar los espineles por la tarde para revisarlos a la aurora, campear los asnos y las demás bestias de servicio, y sentarse por la noche a la entrada de la cabaña a oír el canto de los sapos, bajo la claridad de la luna o las estrellas, no eran cosas que pudieran satisfacer el espíritu inquieto y aventurero que se revelaría después en la muchacha.

Juan Chapanay, su padre, solía recordar complacido que era un indio puro. Natural del Chaco, había sido arrebatado de la tribu de los Tobas a la edad de seis años, por indígenas de otra tribu, con la que aquélla se encontraba en guerra. Reducido al cautiverio, al cabo de dos años pasó al dominio de otro indígena más civilizado, que se ocupaba en recorrer las provincias, vendiendo en ellas yerbas y semillas traídas de Bolivia. Dedicado por su nuevo amo al oficio de curandero ambulante, visitó con éste gran parte de la República Argentina. Cuatro años más tarde, y cuando cumplía doce de edad, Juan aburrido de comer mal, dormir peor y caminar sin descanso, resolvió emanciparse del todo, o enajenar sólo en parte su libertad, si así le convenía. Había aprendido a estropear el castellano y contaba con que esto le facilitaría su propósito. Su amo resolvió, por aquel entonces, hacer una excursión a las provincias de Cuyo y lo llevó consigo. Allí se le presentó a Juan Chapanay la ocasión de realizar su propósito, y la aprovechó. Se encontraban en San Juan, a la entrada de Caucete, y se habían alojado en compañía de un lagunero [ 1 ], cuando el hambre que lo tenía acosado hizo que el muchacho se echara a llorar amargamente. Curioso el lagunero por saber la causa de aquel llanto, lo interrogó aprovechando un descuido de los otros indios, y supo no sólo que aquél estaba poco menos que muerto de hambre, sino también que abrigaba la firme intención de fugarse. Tuvo el lagunero compasión del infeliz, y se ofreció a llevárselo en ancas de su mula. Así se hizo. A media noche, cuando los coyas roncaban, Juan Chapanay se alejaba con su salvador, rumbo a las Lagunas.

El hombre a quien Juan Chapanay había confiado su destino, no tenía familia. Se llamaba Aniceto y era un excelente anciano que no tardó en profesarle un afecto paternal. Como a verdadero hijo lo trató y consideró, siendo una de sus primeras preocupaciones la de hacerlo bautizar en una iglesia de Mendoza.

El muchacho supo corresponder a los beneficios que su protector le dispensaba, y ayudó eficazmente a éste en su industria de pescador. Al cabo de algunos años estaba completamente aclimatado en las Lagunas, e incorporado a la vida del lugar como si hubiera nacido en él. El anciano Aniceto, con quien había trabajado como socio en los últimos tiempos, murió, y lo dejó dueño de recursos bastante desahogados.

Llegaba justamente Juan Chapanay a la plena juventud y a pesar de que los vecinos vivían allí como en familia, se sintió demasiado solo en su intimidad, y pensó en casarse. Sus convecinos lo habían elegido juez de paz del lugar, pues los laguneros constituían por entonces una especie de minúscula república independiente, que elegía sus propias autoridades. La justicia de la provincia sólo intervenía en los casos de crímenes o de grandes robos, por medio de un oficial de partida que inquiría el hecho y levantaba sumario, cuando lo reclamaban las circunstancias. El ruido de armas no turbó la tranquilidad de aquellos lugares; y ni cuando el caudillaje trastornó todo el país, dejaron de ser los laguneros un pacífico pueblo de pescadores y pastores, aislados del resto del mundo al borde de sus lagunas. La región de las Lagunas de Guanacache, está hoy lejos de ser lo que antes fue. Se ha convertido en un desierto en el que el fango y los tembladerales alternan con los arenales. El antiguo pueblo ha desaparecido. Los caudillejos locales concluyeron por envenenar el espíritu de aquellos hombres sencillos y primitivos, y Jerónimo Agüero, Benavídez y Guayama, los arrastraron al fin a las revueltas, perturbando su vida de paz y de trabajo. De las poblaciones de Guanacache, no queda, pues, más que el nombre, que está vinculado a algunos episodios de nuestra historia política.

Juan Chapanay comenzó a ir a la capital de San Juan con más frecuencia. No se presentaba ahora en ella solamente como vendedor de pescado, sino también como visitante que deseaba divertirse e instruirse un poco en el contacto con la ciudad. Gustaba de frecuentar los templos, y después de oír misa con recogimiento, solía quedarse en el atrio mirando salir la concurrencia. Persistía en su propósito de casarse, pero la ocasión no se le presentaba, y él se afligía de que el tiempo corría sin traerle ninguna probabilidad de encontrar la compañera que él soñaba, y que no debía ser por cierto una lagunera, ¡Ah, no! El tenía pretensiones más altas...”

[Echagüe, Pedro: Martina Chapanay, Biblioteca Digital Clarín]



Puede admitirse todo esto, sólo como imaginación literaria. Pero en términos históricos es un invento. Aunque algunas cosas puedan ser ciertas.



La literatura popular la inmortaliza en la cueca de Hilario Cuadros, donde Juan Chapanay su padre es cacique lagunero:



“La Martina Chapanay, cueca guanacacheña

Recitado:

En 1811 nació una linda cuyana,

Entre cedrones, tomillos, toronjiles y pichanas.

Adornaban la laguna

Pájaros bobos, retamas,

Y otros yuyos bendecidos

Que purifican el alma.

Según nos cuenta Guayama que Guanacache

fue el nido donde nació la cuyana

de tan lindo apelativo.

Era su nombre Martina

Y Chapanay su apellido…

¿Y para el huarpe aparcero?

¡Va este cuecón lagunero!



Letra:

Lagunera fue, sí señor

hija del cacique Juan Chapanay

y de la Teodora,

la que el huarpe añora

en el alma nuestra debe perdurar



Lagunera fue, sí señor

Heroína fuerte cual ñandubay

La que el huarpe añora

En el alma nuestra debe perdurar



Fue Martina Chapanay

La nobleza del lugar

Cuyanita buena de cara morena

Valiente y serena

No te han de olvidar



Y Guayama es, si señor

Lagunero puro nativo y leal

Tiene un gran anhelo

Por su patrio suelo

Como sus abuelos lo quiere cuidar.



Adviértase que aquí la madre es Teodora y no Mercedes, no es blanca, ni su padre es toba.





Chapanay quiere decir “lugar entre ríos”, según se explica en Valle Fértil. Chapac -y nay, en una traducción más ajustada, quiere decir “bajo o zona pantanosa”, perfectamente podrían ser las lagunas de Guanacache o del Rosario, o el Estero de Zonda.



Aprendió destrezas entonces limitadas a los hombres. Sabía rastrear. La imagen que se instaló de ella fue la de una mujer trasvestida de “gaucho”. Aclaremos que no es excepcional ni extraño que las mujeres conocieran estas destrezas. Estaban prohibidas para ellas, que es otra cosa.



Tuvo una tremenda rebeldía frente a su realidad social y frente a su posición ante el género.



Según Pedro Desiderio Quiroga, Martina Chapanay se fue con un enviado de Quiroga que reclutó alguna gente en San Juan para enviarla al Norte. Se transformó rápidamente en una guerrillera de caballería de óptima formación.



Combatió en Ciudadela, en 1831, a las órdenes de Quiroga. Volvió a San Juan más tarde, y en Zonda no halló más que desolación. No encontró a su gente. Había una tgotal desestructuración del grupo campesino indígena. Había llevado a los pobladores a otras partes. Muchos habían huido y otros habían sido arrastrados por la levas.



La resistencia ya existía en el Pie de Palo, bajo la forma de acciones en banda y en el despoblado. A esta resistencia se incorpora Martina, transformandose en jefa de banda de salteadores.



Hay un perfil orgiástico en esta forma de lucha, perfil que presenta una amplio espectro liberador y colectivo:



“Luego de asaltar alguna casa o viajero rico, su pandilla organizaba en cualquier rancho un festejo al cual acudían muchos paisanos y podía durar hasta dos o tres días”.

[CHUMBITA, página 110]



Chumbita se detiene en un aspecto que merece un análisis especial:

“…cuentan que la banda se disolvió en medio de una pelea por el vistoso “apero chapeado” y otras prendas robadas a un viajero, cuando Martina se alzó con ellas y dispersó los caballos de sus compinches; luego anduvo sola, luciendo aquel apero ornado con tachas de plata o de metal, chiripá y el resto del atuendo gaucho, por los suburbios y pulperías de Caucete, Angaco y otras pequeñas poblaciones”.

[CHUMBITA, página 110]



¿Es una sola o eran varias las mujeres que sintetizaba Martina? Por un lado, la ropa de paisano rico eran algo que tenía un doble valor libertario: por un lado trasvestismo de género, por el otro trasvestismo social que le permitía tener símbolos de prestigio y poder.

Aunque no se sabe qué es la entitdad social “gaucho”, por la confusión que implica su profusa polisemia, en Martina hay un deseo de apropiarse del ser gaucho:

“Por diversión o por dinero apostaba a montar potros indomables y se batía con los mejores cuchilleros. La policía no podía contra ella. Aparecía con frecuencia protagonizando duelos y diversiones, y en todos lados encontraba amigos y encubridores. Repartiendo el fruto de sus correrías, se aseguraba “en cada rancho un aliado”.

[CHUMBITA, página 110]



Según se sabe, Martina colaboró con Benavídez y Aldao, peleando en la batalla de Angaco y en el combate de La Chacarilla, contra las fuerzas unitarias del general Mariano Acha, en 1841.



En 1850, aproximadamente, se dedicaba a trabajos de baqueana, y rastreadora, buscaba animales perdidos. Dicen que los escondía para después buscarlos, para lo cual cobraba un rescate.



Se le inventó un romance con un gaucho imaginario llamado Cruz Cuero. A todas luces se ve que ese es un nombre imaginario, usado por Pedro Echagüe, un unitario, que al combinar las expresiones cruz y cuero, relaciona el nivel ideológico (cruz, catolicismo), con la producción (cuero), para caracterizar una época en dos palabras. Ideología novelada.



Martina era una mujer de una gran osadía sexual. Raptó a un grandote en el Pueblo Viejo (Concepción), después de bolearle el caballo, y se lo llevó a Papagallos. Se robó vino, aguardiente y guitarra. Echagüe da una versión light de esta historia.



Chumbita – que admira al personaje – quiere dejar a Martina a resguardo de prejuicios homofóbicos:

“Lejos de las inclinaciones homosexuales que podrían hacer presumir sus hábitos varoniles, todo indica que Martina se sentía mujer, lo que no le impedía adoptar en el amor actitudes dominantes. En su vida aventurera no mantuvo relaciones estables de pareja, y no hay ningún dato que permita suponer que tuvo hijos”.

[CHUMBITA, página 112]



Lo que dice Chumbita es absurdo y anticuado. Una mujer bisexual u homosexual, se siente mujer aunque se sienta atraída por personas de su mismo sexo. Y además, es ridículo pensar que una mujer dedicada a acciones militares irregulares, y a acciones de bandidaje solitario o en banda, pudiera haber sido unA ama de casa, reducida al dominio patriarcal. Toda lucha de la mujer, a escala genérica, y a escala social, es una lucha contra el patriarcalismo, y en esa lucha está la apropiación de símbolos (como la ropa).



Cuando el Chacho decidió vengar a Benavídez, la Chapanay se sumó a la montonera. En La Rioja anduvo, no una sino varias veces. Se cuenta que habría ultimado a un pulpero llamado Roberto Cuevas, de Nonogasta.



El general represor y mitrista Arredondo, intentó llegar a un acuerdo con ella. Fue en esa ocasión que, dicen, humilló al famoso mayor Pablo Irrazábal, que había matado al Chacho.



Más tarde Martina se fue al Valle Fértil. Ahí aparecen historias que intentan desdibujar su papel de resistente social: algunos la ven como colaboradora de la policía, otros advierten en ella poderes sobrenaturales, otros recuerdan que colocaba tinajas en el campo cargas de agua, para mitigar la sed de los viajeros.



Echagüe dice que la mató un puma, o que la picó una serpiente. Parece que murió en Mogna. Otros dicen que está enterrada en Zonda.



“Las memorias populares se han mezclado con la trama novelística de Echagüe, que tuvo gran difusión y no carece de atractivo literario. Si bien el autor declara fundarse en los testimonios orales, su relato fue escrito con una evidente intención de sustraer a la Chapanay de la tradición federal, pues omite mencionar su participación en las montoneras y enfatiza episodios como el supuesto salvataje de dos militares porteños unitarios”.
[CHUMBITA]



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