Argentina, San Juan, Sábado 28 de Marzo de 2020
Valle de la Luna - San Juan - Argentina
Don Julio
Cada pueblo tiene la AFA que se merece. Por Pablo Llonto





Aumentar Tamaño Texto
Disminuir Tamaño Texto
Enviar A Un Amigo
Recomendar DIARIOLIBRE.info
Imprimir
Nos preguntábamos qué decir de nuevo sobre Julio Grondona. No se nos ocurrió, así que llamamos a tres personalidades que sí tenían algo original, profundo y valiente que decir: Pablo Llonto, uno de los periodistas más respetados del mundo deportivo; Andrés Burgo, subeditor de Deportes de Crítica de la Argentina; y el escritor Eduardo Sacheri, no sólo autor del libro en el que se basa la película El secreto de sus ojos, sino un reconocido escritor de cuentos de ámbito futbolero. Tres hemisferios distintos no tan distantes y Don Julio. Con ustedes, los artistas.

Como si fuese el Menchi Sábat del periodismo deportivo, el ilustrador Sebastián Domenech ha logrado, en la última tapa de la revista Un Caño, el mejor editorial sobre Julio Grondona.

En la escena, el presidente de la AFA sube a la barandilla del balcón, levanta su brazo izquierdo, con la mano derecha estremece sus genitales y, sonriente, establece la última victoria. El balcón es el de la Casa Rosada.

Si Maradona hubiese concebido el título de la caricatura, quizás ensayaba uno de su manual: “Don Julio le tomó la leche a todos los gatos”.

Una historia que permite conocer cuán incapaces somos los argentinos cuando se trata de sacarnos de encima a los hongos.

Yabrán se dedicó un escopetazo en las lomadas entrerrianas de San Ignacio.

López Rega justificó su espiritismo y partió desde Ezeiza, en 1975, para recorrer Suiza y el Caribe durante once años.

Al Kassar exhibía pasaporte, cédula y DNI argentinos en cualquier control del planeta.

En lo formal ya se ha escrito bastante en las últimas dos décadas, cuando el escaso periodismo crítico del país vació su ingenio en notas que preguntaban: “¿Nadie puede vencer a Grondona?”.

Elegido por sus pares con voto indirecto, el presidente de la AFA tuvo una vez un opositor: el ex árbitro Teodoro Nitti, en los noventa.

Recuerdo el entusiasmo de Nitti en los momentos previos a la elección. Repartía folletos con sus propuestas.

Recuerdo el entusiasmo de Grondona cuando supo que Nitti era su rival: “Cuando tenga una oposición más o menos seria, me iré”.

Nitti celebró con champaña el único voto que había logrado.

Pero las evocaciones no deben desviarnos. Grondona ha manejado, desde su recatado despacho de la calle Viamonte, no sólo el fútbol argentino. Grondona ha manejado la política nacional.

Cada vez que sintió un gruñido desde la calle Balcarce, tomó lecciones de Maquiavelo y se ocultó tras la ingenuidad de cuanto presidente y gobernador pasaba por el poder.

Empeñados en lograr popularidad con el fútbol, las autoridades fichaban a Grondona en sus equipos a cambio de algún titular en los diarios que anunciara logros para el pueblo futbolero.

A cambio, Grondona ofrecía fotos con entrenadores, entradas múltiples para el último choque de la Selección, atención privilegiada a quienes solicitaran un par de plateas en el último minuto.

Con su táctica tan antigua como posmoderna, Grondona regresaba de las Rosadas y se dirigía al incorregible Comité Ejecutivo. Allí, mientras algunos salían de sus madrigueras y otros de los calabozos, lo esperaba la aburrida sesión de siempre.

En los tiempos de escasez de fondos (1979-2009), la penuria y los gemidos eran parte del escenario. Los segundones –es decir, todos– se preparaban para escuchar los anuncios. Primero, las explicaciones legales, porque siempre de la Rosada se vuelve con decretos, promesas de leyes o contratos. Después, los comentarios, siempre moderados, sobre el Ejecutivo, el Legislativo y los secretarios. Luego, la despectiva manera de tratar a quien lo consulte por una cláusula, un asterisco. “¿Ah, sí...y vos qué querés, la chancha y los veinte?” Finalmente, los aplausos.

Ya está. Siempre ha sido así. Siempre Grondona cerca del poder y ellos cerca de... las migajas del poder. Convertidos en burócratas, a quienes el burócrata de la caricatura los puede destripar con exhibir unos minutos, a la prensa grondoniana, la carpeta azul o roja que indica los desfalcos, las deudas, los aportes jamás realizados por el club más grande o más chico de la Argentina. A juzgar por las caras felices de quienes abandonan las reuniones o asambleas de la AFA, los secretos más profundos del fútbol argentino jamás tendrán una Garganta Profunda.

La Argentina, que ha sufrido el apellido Grondona por partida doble –uno, desafiante, abogado, y consultor de diccionarios griegos; el otro, desafiante, ferretero y consultor de diccionarios napolitanos–, hoy está huérfana de disidentes democráticos.

Dedicados de lleno al turismo de la pelota, generaciones de dirigentes colman los charters que Julio prepara en una agencia de viajes que lo reverencia en cada Mundial, cada Copa América, cada Sub-19, cada Congreso.

Son la selecta generación de jóvenes y veteranos presidentes de instituciones señeras que aprovechan, con dólar barato o dólar caro, las bondades de llevar a la señora un mes a Francia y con los gastos pagos.

Ajenos por completo a la rebeldía, han tolerado el mecanismo más antidemocrático que se conoce. La consigna en la AFA no es “un club, un voto”. La implantación del régimen autoritario se basa en un estatuto que ningún funcionario se atreve a cuestionar. River vota por uno, Boca vota por uno, y así... hasta que las ligas del interior no votan por uno sino que tienen sólo siete votos, los clubes de la B Nacional sólo ocho, los de la B Metropolitana sólo cinco, la Primera C sólo cuatro y la Primera D tres.

Lo peor es que una historia tan trivial, al tratarse de fútbol, viene repetida desde arriba. Preguntemos cómo se elige la dirigencia de la CGT, los jueces, los fiscales, los jefes de policía...

¿Voto directo de los afiliados? Ni se les ocurra, confirman los entendidos de todo aquello que ocurre en el palacio-cuartel de la pelota.

Consolidado por el reclutamiento obtenido en tres décadas, el amigo de todos, el hombre al que abraza Videla, Lacoste, Alfonsín, Menem, Duhalde, De la Rúa, Néstor y Cristina, asume el papel que se le ha permitido.

Y responde, como respondían los patriarcas en los barrios italianos de Nueva York, con protección.

“Il Padrino sta ca”, parecían decir los dirigentes cuando, semanas atrás, reclamaban una cláusula que los amparase de cualquier juicio personal de Torneos y Competencias por incumplimiento del leonino contrato que ellos firmaron.

¡Flaco servicio les han prestado al fútbol y a la política los muy prudentes directivos!

Decenas de muertos, clubes quebrados, evasiones millonarias, estadios destrozados, negocios paralelos, monopolios.

Los escándalos fueron tapados con el más elemental de los instintos de supervivencia: aferrarse a las botamangas del rey y replegarse en los medios de comunicación con un latiguillo que ya cansa y suena irrespetuoso: “Al final de cuentas, no hay otro”.

Tales cosas ocurren mientras en los recovecos de cada club las carcajadas de algunos dirigentes que claman indignación en el off the record preparan otros amaneceres para nuestro fútbol. En sus rostros, se advierten todos los rosáceos gestos del “gran jefe”.

Será la revelación más grande que se llevará el presidente de la AFA cuando en el cajón escuché los lamentos y murmullos de... miles de Grondonitas.

Hecho a medida
Por Andrés Burgo

Antes que nada, una aclaración algo obvia pero imprescindible: Julio Humberto Grondona es hoy la misma clase de persona que hace un mes, cuando todavía era aliado fundacional de Torneos y Competencias, compartía ganancias millonarias con el Grupo Clarín y mantenía en vigencia un contrato incalificable desde lo jurídico que, sin licitación previa, autorizaba el monopolio de la televisación del fútbol desde 1991 hasta 2014. De hecho, nada de fondo cambió en este agosto que acaba de terminar, en el que Grondona hizo lo mismo que toda su vida: tomar decisiones arbitrarias, ejercer el caudillaje, aliarse con el poder –más– conveniente de turno y cargarse a quien, según la coyuntura, debía cargarse. Para Don Julio no es sólo “todo pasa”, como dice el anillo que porta en el dedo meñique de su mano izquierda, una frase inspirada en un supuesto aforismo de Ramsés II. Para Don Julio es, esencialmente, “todos pasan”. Antes, durante las décadas de paz entre los Titanes, las víctimas de Grondona habían sido algunos pocos dirigentes díscolos, árbitros rebeldes y periodistas valientes. O sea, nadie a la altura de quien se jacta de ser el brazo derecho de Dios. “¿Sabés por qué soy el vicepresidente del planeta? Porque manejo la caja de la FIFA”, se presentó más de una vez Don Julio, el número dos del fútbol mundial desde 1988. Pero desde el 11 de agosto pasado, es cierto, Grondona le hizo “tiqui tiqui” a Clarín, se la puso al ángulo al mayor grupo de comunicación del país y por primera vez quedó expuesto a títulos desfavorables cada 30 minutos en la TV por cable, un salpicado de críticas inéditas en AM y FM, revelaciones sorpresivas en Telenoche Investiga y páginas en contra en los diarios más leídos del país. Hay tantos millones de dólares en el medio que hasta hubo visitas a la embajada de Estados Unidos. A propósito, ¿cuánto falta para que se publique una investigación a fondo sobre la tremenda participación inmobiliaria de Grondona en Puerto Madero? No mucho, desde ya, por más que este Don Julio cultive la misma probidad moral que hace sólo un mes, cuando todavía no le había arruinado parte de un negocio fabuloso a gente con mucho poder.

Pero Grondona es, seguramente, el presidente de la AFA que una mayoría del fútbol nacional, incluido sus hinchas, se merece. Un presidente hecho a su medida. Así fue al menos para el Grupo Clarín, que le prestó a Don Julio el rango de intocable durante infinidad de años. Y si dejó de serlo ahora fue por un tema de dinero, no de honradez, capacidad intelectual o ideológica. El mensaje mutuo, de los dos lados, parecería ser algo así como: “Si me sos útil, bárbaro, vamo’ y vamo’. Si me jodés, te destrozo”. Pero hagamos, igual, una pregunta incómoda: ¿Alguien puede asegurar que Grondona y Clarín representan exactamente lo contrario de los valores que profesan la mayoría de los hinchas argentinos? ¿Qué es, acaso, lo que vemos cada fin de semana en las tribunas?

Supongamos que Argentina pierde mañana contra Brasil y su clasificación a Sudáfrica 2010 queda suspendida en el aire. De inmediato, los hinchas van a escupir frases como “un Mundial sin Argentina no es un Mundial”, “a ver si el corrupto Grondona mete mano en la FIFA” o “que el mafioso de Don Julio arregle con el paraguayo Leoz un empate en Asunción y listo”. Es algo que ya sucedió: en el Mundial 2002, cuando Argentina perdió con Inglaterra y quedó obligada a ganarle a Suecia, la esperanza popular fue: “Que Grondona nos ponga un referí a favor”. Como finalmente el arbitraje no influyó a favor de Argentina, la desilusión fue: “Grondona nos cagó”. Ya en el Mundial 1994, cuando a Diego le dio el antidoping positivo, muchos se quejaron de que Grondona no hubiera hecho nada para evitar la suspensión. El pedido era “toquemos al poder amigo” para esquivar la sanción.

Es, en definitiva, algo que predican los hinchas de la Selección, Boca, River, Defensores de Belgrano y Claypole: todos quieren ganar en el último minuto con un gol con la mano. Pero, ¡ay si ese gol con la mano se lo hacen a sus equipos! En ese caso, explotarán las denuncias del estilo “el árbitro está arreglado”, “el fútbol está corrompido” y “hay que hacerle un escrache a ese mafioso”. Ahí lo tienen a Gabriel Brazenas tras su mal desempeño en Vélez-Huracán: semioculto en su casa, con licencia en el trabajo y todavía sin fecha de regreso a los arbitrajes. A él –y a los jueces de línea– lo siguen amenazando de muerte, le pintaron la casa y hasta le arruinaron el cumpleaños de 15 de su hija. Es el mismo castigo popular que habría recibido si el árbitro mexicano Edgardo Codesal, el de la polémica final contra Alemania del Mundial 1990, hubiera vivido en la Argentina: recordar aquellas acusaciones de “Codesal ladrón”, “conspiración de la FIFA” y “mano negra”. En cambio, para el tunecino Ali Bennaceur, el que no vio la mano del dios Diego en 1986 contra Inglaterra, por más que su error como árbitro haya sido tan grave como el de Brazenas y Codesal, no hubo ni una mínima sospecha ni olor a podredumbre. O sea que la mayoría de los hinchas aceptan y hasta celebran la ilegalidad o la corrupción a favor, pero despotrican y patalean cuando es en contra. Y lo mismo pasa en la relación con Grondona: todos saben que en la AFA no se resuelve nada sin su palabra, que controla a los arbitrajes, que fue un incapaz para resolver la violencia y que bajo su mandato los clubes se arruinaron en lo económico. Pero eso sí, si Don Julio acepta compartir una porción de su poder, vamos Don Julio todavía: a convertirse en vampiros y a chuparle toda la sangre. ¿O como actuaban antes, acaso, las empresas que ahora se quejan tras el rompimiento del contrato?

Ahora bien, ¿qué pasó en agosto? ¿Será que Grondona se convenció que no podría resistir ninguna arremetida judicial y se vio obligado a pactar con los Kirchner? Es posible, pero no seguro: a Don Julio no se lo debe subestimar. “Yo, como vicepresidente de la FIFA, tengo más poder que cualquier político argentino”, reconoció alguna vez el hombre que vio pasar a 13 presidentes, de Videla a Fernández de Kirchner. El tema es que en la Argentina todavía no se tiene una real percepción de la omnipotencia de Grondona en la FIFA. El hombre es: 1) único vicepresidente señor del Comité Ejecutivo; 2) vice de Asuntos Estratégicos; 3) vice del Bureau Sudáfrica 2010; 4) vice de la Comisión organizadora del Mundial; 5) presidente de Mercadotecnia y Televisión; y 6) presidente de Finanzas, o sea quien maneja una chequera de miles de millones de dólares. “Ser presidente de la AFA es la nada en comparación a ser vicepresidente y tesorero de la FIFA. Nada de nada, sólo un cambio”, se pavonean sus íntimos.

En marzo de 2008, antes de un Vélez-River que implicaba el primer partido del club de Liniers después del asesinato de un hincha, 40.000 personas de los dos equipos insultaron al presidente de la AFA. Fue un “Grondonaaa hijo de puta” con furia, catártico, indisimulable. Y sin embargo fue ocultado o minimizado por los principales medios de comunicación. Está claro que si eso sucediera ahora tendríamos debate al menos una semana. ¿Podrá entonces Grondona sobrevivir a una ofensiva mediática que, salvo quijotes como Víctor Hugo Morales, Ezequiel Fernández Moores, Gustavo Veiga, Diego Bonadeo, Pablo Llonto, el Ruso Verea, Juan Pablo Varsky, Román Iutch y Alejandro Caravario, entre otras excepciones, nunca había recibido? Ahora, en estos días todavía calientes, la respuesta más tentadora sería decir que “no, Grondona va a caer porque no puede soportar una investigación seria”. Y, sin embargo, el futuro no es tan lineal. “No te olvides cuál es la mayor virtud de Don Julio: negociar. Revisá lo que decían Marcelo Araujo y Diego Maradona y fijate dónde están ahora”, propone uno de sus confidentes. Y la respuesta en el archivo es sobrecogedora. En 2006, Maradona dijo de Don Julio: “Es demasiado mafioso para sacarlo de la AFA”. Y en 2008 Araujo intentó enterrarlo vivo: “El poder engolosina. Grondona está haciendo las cosas muy mal. No sé si se tiene que jubilar. Nadie se anima a decirle ‘ya está’”. Eran dardos verbales pesados, pero ya sabemos qué respondieron apenas sonó el teléfono y Grondona les ofreció la dirección técnica de la Selección y la nueva producción televisiva, respectivamente: “Sí, Don Julio”. Es la misma respuesta que, se supone, tendrán TyC y el Grupo Clarín si el actual traidor, en un par de años, los convoca para volver al negocio de televisión. Porque Grondona es, seguramente, el presidente de la AFA que el fútbol argentino, incluido sus hinchas, se merece. Un presidente hecho a su medida.

Una de ministros, bancos y bucaneros. O lo que se me ocurre cuando pienso en Julio Grondona
Por Eduardo Sacheri

Aunque resulte muy extraño, desde que recibí la invitación del diario Crítica de la Argentina para escribir acerca de Julio Grondona, se me han venido a la memoria varias imágenes de mi padre. Me apresuro a aclarar que Grondona está muy lejos de representar una figura paternal para mí. Como diría mi abuela, Dios me libre y guarde de semejante cosa. Y sin embargo, en estos dos días que llevo pensando en el modo de entrarle a esta columna, el recuerdo de mi padre se me impone una y otra vez con inusitada frecuencia.

Debo aclarar algo: no soy periodista, y desconozco redondamente qué consecuencias tiene hablar mal de las personas a través de la prensa. ¿Y si me hacen un juicio? ¿Y si pierdo mi casa y mi trabajo? ¿Si me condenan a remar en las galeras hasta que el diablo se acuerde de mi alma?

En una de ésas es por eso que prefiero empezar esta columna hablando de mi padre. O, más precisamente, de dos recuerdos que me atan a mi padre, y que en estos días que llevo pensando qué escribir acerca de Julio Grondona me asaltan con una insistencia, con una premura, que me cuesta demasiado desoír.

Permítame el lector que describa esas imágenes. La primera: yo tengo seis o siete años, y mi padre se acerca por el pasillo hacia mi pieza. Trae un diario en la mano y se dispone a leerme una noticia. Mi papá tiene esa costumbre de traerme noticias y leérmelas en voz alta, para que después las comentemos. No son noticias de política ni de economía. Siempre son de fútbol. Siempre son de Independiente. Independiente sale a menudo en los diarios. Sus hazañas coperas ocupan páginas y páginas. Y aunque yo ya sé leer, disfruto este rito de que venga y me lea. Es como si Independiente volviese a ganar mientras él me lee y mientras yo lo escucho. La noticia que trae hoy, mientras sacude el diario a medida que se acerca por el pasillo, no es una noticia de goles ni de copas, aunque tenga que ver con Independiente. “Mirá, Edu”, me dice mi padre mientras se sienta en el borde de mi cama. “Escuchá lo que dice Fulano”. Sepa disculpar el lector que llame Fulano al protagonista de la noticia que me trae mi padre. No recuerdo su nombre. Digamos que es un jugador. Un jugador de Independiente, en esos lejanos años setenta. Pues bien, resulta que Fulano, en una foto de cuerpo entero, con fondo de entrenamiento matutino, dice algo así: “Venir a jugar acá es lo mejor que me pudo haber pasado. Independiente es un banco”. Mi papá me lee ese titular y yo le noto el orgullo en la voz mientras lo dice. Pero no lo comprendo del todo. Advierto, por la alegría de mi padre, que Fulano está haciéndonos (a nosotros, porque Independiente somos nosotros dos, por supuesto) un elogio profundo y decisivo. Pero no alcanzo a entender qué tiene de bueno que el cuadro del que uno es hincha se parezca a un banco. Por lo que sé, un banco es un lugar aburrido en el que la gente hace colas malhumoradas para pagar las cuentas. Mi papá me explica. Espero que ningún lector se sienta excesivamente defraudado por los valores pequeñoburgueses de mi padre, y del jugador Fulano, para quienes la idea de “banco” es valiosa y deseable, y no se encuentra contaminada por conceptos tales como usura o explotación. Nada de eso. Para ese odontólogo responsable y dedicado que es mi padre en 1975, “banco” es sinónimo de seguridad, de respaldo, de confianza. Y para el jugador Fulano, que se congratula de jugar en Independiente, también. Sabe que su dinero está seguro. Que su sueldo a fin de mes está garantizado. Y por eso mi padre me lo muestra con orgullo. Supongo que mi expresión desorientada le da a entender que necesito algunas precisiones, y por eso mi padre me explica lo que quiere significar Fulano cuando compara a Independiente con un banco. Me dice algo de lo que mi padre está seguro, y está orgulloso: Independiente es un club manejado por gallegos laburadores, que nunca gastan más de lo que tienen, y que son honrados. Ahí sí lo entiendo. Y también empiezo a enorgullecerme. Entiendo a mi padre cuando me dice que es importante ser honrado. Y a mí, a los siete años, me agrada la idea de que el club del que soy hincha esté conducido por gente honrada.

La segunda imagen: es enero de 1976 y estamos en la playa en Villa Gesell. Y de repente mi padre, que es un hombre sensato, cortés y muy educado, se pone de pie y empieza a vociferar insultos contra un señor de gorrito tipo Piluso que trota cerca de la orilla del mar. Mis hermanos y yo no lo entendemos. ¿Por qué le grita esas cosas a un señor con pinta de empleado jerárquico de compañía de seguros, que trota por la orilla y que, al advertir los agravios, opta por un giro de ciento ochenta grados y por llevarse su trotecito hacia otro balneario. Yo me pongo nervioso. El resto de la gente mira hacia nuestra sombrilla, y a mí me turba saber que nos observan. Mi padre, al ver que su contrincante dispara hacia otra playa, emprende él también un trotecito, siguiendo al prófugo. Y mientras tanto, sigue insultándolo. “Ladrón”, le dice. “Chorro”, le grita. “Sinvergüenza”, remata. Que ésos son los insultos que usa mi padre cuando está muy enojado. Al rato vuelve. Se lo nota ufano. Sonríe. Mis hermanos y yo preguntamos quién era ese señor. “Ese señor”, dice mi padre, alzando un dedo admonitorio, “ese señor es Celestino Rodrigo”. Para nosotros tres, por supuesto, el dato no significa gran cosa. “Fue ministro de Economía y arruinó a todo el mundo”, agrega mi papá. “A todo el mundo”. Después nos da algunas precisiones. Plan de ajuste, nos dice. Algunos vivos que se enriquecen y todo el resto que se vuelve más pobre. Lo entendemos. El tal Rodrigo nos ha dejado con el culo apuntando al norte. Pero mi papá ha consumado un acto de justicia, poniéndolo en fuga, ahuyentándolo de nuestra playa.

Ahora, más de treinta años después, yo llevo escritas un montón de palabras hablando de mi padre y mis recuerdos y no he dicho una palabra del señor Julio Grondona. O a lo mejor sí las he dicho. Y todas las que llevo escritas hablan de él. De lo que él representa, aunque sea por contraste, por oposición y por ausencia.

No soy tan ingenuo como para sostener que el fútbol, cuando yo era chico, era un ambiente cristalino donde todos se comportaban como ángeles. De ninguna manera. Seguro que ya entonces el fútbol era un negocio. Seguro que lo era. El de ahora también es un negocio. Pero ahora es un negocio sucio. Y es difícil pensar que quienes orquestan ese negocio sucio, desde hace treinta años, y desde la cima de su pirámide, puedan tener las manos limpias.

Dicen que el anillo de Grondona dice “Todo pasa”. Yo no estoy de acuerdo con eso de que “todo pasa”. Es cierto que hay cosas que ya no existen. Cosas que pasaron al olvido. Lástima que hayan sido las buenas, como la honradez o la dignidad. Y que las que perduran, las que persisten durante décadas y décadas, sean la inmoralidad, el cinismo, la bajeza. En ese contexto, la reciente pelea entre la AFA y la televisión no deja de tener cierta gracia. De repente, la AFA descubre, indignada, que ha sido estafada. Un buen día, heroica, la AFA se planta y dice basta, se acabó lo que se daba. Y uno, pobrecito, se pregunta: ¿Y recién se dan cuenta, estos tipos? ¿Demoraron quince años en darse cuenta de que los estaban cagando? Porque, la verdad sea dicha, uno tiene que ser bastante idiota para dejarse engañar durante quince años. Y no creo que Julio Grondona y su séquito sean idiotas. En absoluto. Creo que son personas harto inteligentes. Pero entonces, ¿qué debo concluir? ¿Qué hubo complicidad? ¿Qué se pusieron de acuerdo para esquilmar a los clubes y enriquecerse? ¿Y que se pelearon después de amar y dejarse amar durante demasiado, demasiado tiempo? No quiero seguir aburriendo al lector, pero me hacen acordar a esas historias de piratas que de buenas a primeras empiezan a los tiros entre ellos, cuando por codicia o por torpeza se pelean a muerte acerca de cómo repartir el botín. En otras palabras: me sentiría tentado de hablar de una pelea entre bucaneros.

Pero es simplemente una imagen que me vino a la cabeza, por Dios. Tengan en cuenta, como dije al principio, que yo no dispongo de abogados que me representen, y no tengo ni idea de cómo defenderme en un juicio por calumnias e injurias, y por eso no me atrevería a abrir sospechas sobre estas personas.

Eso sí. Como en el fondo soy un ingenuo, y un romántico perdido, me sigue emocionando la gente honrada, que paga lo que debe y no toca la guita que no le pertenece, como esos gallegos que alguna vez supieron dirigir a Independiente.

A veces me da por preguntarme qué haría mi viejo hoy, si viviera. Creo que se amargaría pensando en esos otros dirigentes, de un sinnúmero de clubes, que, por impericia o complicidad, permitieron semejante latrocinio. O en una de esas a mi papá le daría por rondar la calle Viamonte al 1300, a la espera de ver salir a la calle a un señor mayor, ataviado de traje y poncho al hombro, para plantársele delante y gritarle “Sinvergüenza”.



DiarioLibre.info en Facebook


DiarioLibre.info en Whatsapp
PUNTOS DE VISTA
20/03/2020
28/03/2020
Se BORRARON PARECERIA QUE ESTAN BAJO DE LA CAMA, COBRARON $100.000 y ¡CHAU! ¡NO PONEN LA CARA!
27/03/2020
“Conejito de India” el kirchnerismo pone a los Argentinos para que prueben remedios contra el coronavirus
Argentina es uno de los diez países elegidos por la OMS para probar terapias contra el coronavirus.
Lo auncio el ministro de Salud, Ginés GonzálezGarcia
27/03/2020
Gines y el negocio de la compra directa de reactivos para detectar coronavirus
26/03/2020
Ayer piedra en Pocito

Cotizaciones
Dolar Riesgo País Precio Del Vino
$5,32 1.000 $2,00
EL AGUA VALE MAS QUE EL ORO
Difunta Correa - San Juan, Argentina
Copyright© 2005 - 2016 DIARIOLIBRE.info - Todos Los Derechos Reservados.