Argentina, San Juan, Domingo 04 de Junio de 2023
Axel Kicillof, ¿es o se hace? El gobernador bonaerense sugirió que detrás del crimen del colectivero Barrientos estaba Patricia Bullrich. No pudo presentar ninguna prueba, tampoco pidió disculpas. Esta acusación se suma a una cadena de episodios similares que han ensuciado mucho el clima político en la Argentina Por: Ernesto Tenembaum






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El 20 de octubre del 2010, la sociedad argentina fue sacudida por el asesinato de Mariano Ferreyra, un militante del Partido Obrero que manifestaba contra la tercerización de los trabajadores en el ámbito ferroviario. Esa noche, el programa oficialista 678 sugirió que el ex presidente Eduardo Duhalde, un adversario político del Gobierno, era el responsable de esa muerte porque días antes, al parecer, se había reunido con José Pedraza, el líder del sindicato oficialista Unión Ferroviaria. El invitado más relevante de ese día, en 678, era Oscar Parrilli, por entonces secretario general de la Presidencia, y hombre de confianza de Cristina Kirchner. Duhalde no tenía nada que ver con esa muerte. Aquella acusación, sin ninguna prueba, reflejaba una manera de concebir la política, y tal vez también la vida: ante un hecho estremecedor, lo importante no era la verdad sino revolearle un muerto a un opositor. No importaba que fuera mentira. Algo queda.

Muchos años después, el martes pasado, la escena se repitió casi calcada. La sociedad argentina estaba conmovida por el asesinato del colectivero Daniel Barrientos, ocurrido el lunes por la madrugada en Virrey del Pino. La conmoción por ese hecho se potenció porque un rato después los choferes de colectivos de la zona Oeste decretaron un paro, y cortaron algunos de los accesos a la Capital. Al mediodía, el ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni, apareció en el lugar donde manifestaban los choferes y fue trompeado por algunos de los afectados. Su rostro ensangrentado agregó más drama al que ya existía. Por la noche, Berni empezó a difundir, en un canal oficialista, que se trataba de un complot y no de un hecho de inseguridad. Al día siguiente, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, le puso nombre y apellido al supuesto complot: sugirió que detrás de la muerte de Barrientos estaba Patricia Bullrich, la precandidata a presidenta de Juntos por el Cambio.


Con el correr de las horas, Kicillof no pudo presentar ninguna prueba sobre la responsabilidad de Bullrich en ese asesinato, pero tampoco pidió disculpas. Algo queda. Para colmo, en pocas horas distintos testigos presenciales desmintieron la versión del complot que habían defendido él mismo y su ministro Berni. Nadie vio los dos autos que cruzaron al colectivo, como dijo el gobernador. Todos contaron que no solo se llevaron una mochila sino también los celulares de algunos pasajeros. La más precisa fue la mujer del policía de la Ciudad que se tiroteó con los delincuentes: “Esto pasa todo el tiempo. Como en el barrio hay un búnker donde se vende droga, aparecen delincuentes para robarnos los celulares y luego van y los cambian para consumir. La Policía Bonaerense sabe dónde queda ese búnker pero no hace nada porque es cómplice”.

Los efectos del asesinato de Barrientos invadieron Semana Santa con imágenes de otros tiempos. En la madrugada del jueves un grupo de elite de la Bonaerense entró en la casa de los choferes que, supuestamente, habían golpeado a Berni: los tiró al piso, los encañonó, les rompió la puerta de sus casas, todo eso frente a los hijos de los acusados. El impacto de las imágenes fue tal que incluso la vicepresidenta Cristina Kirchner, jefa política y protectora de Berni, tomó distancia del operativo. El repudio de Kirchner apenas se limitó a un tuit porque para ella, siempre, Berni fue de los funcionarios que sí funcionan.


El viernes, al parecer, Kicillof y Berni cambiaron de enfoque y pusieron a su comando de elite a “cachear” a pasajeros de colectivos al azar. No hay registros de que, en épocas democráticas, alguna fuerza policial haya hecho semejante cosa. A Berni no se le puede acusar de no haber avisado: hace pocas semanas se proclamó admirador de Nayib Bukele. Las imágenes de policías entrando en la noche en la casa de dirigentes sindicales y los operativos en los que se baja de los colectivos a personas que no cometieron delitos coquetean con las ideas que defiende el presidente de El Salvador.

Lo ocurrido en estos días debería abrir un profundo debate acerca de qué sucedió con la política de seguridad de la provincia de Buenos Aires desde la asunción de Kicillof como gobernador y de Berni como encargado del área, porque hay demasiados episodios inquietantes. Berni ha tenido encontronazos públicos con personas muy diferentes, con las que debía haber trabajado si su objetivo era la seguridad. Semanas después de asumir el cargo calificó como una “inútil” a la ministra de Seguridad, Sabina Frederic. Luego se fue a las manos con el segundo de Fredrick, Eduardo Villalba porque no quería que este participara de una conferencia de prensa. Berni ninguneó al actual ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, con quien no coordina desde hace muchos meses. Berni fue, además, uno de los partícipes más desenfadados y bravucones en el proceso de desestabilización contra el presidente Alberto Fernández: lo trató de borracho (“el que trajo al borracho que se lo lleve”), de ser peor que un muerto político porque “los muertos al menos no molestan” y de haber “entregado a su propia mujer”. En un Gobierno normal, no hubiera sobrevivido. En este, tal vez por miedo a la Vicepresidenta, casi nadie se animó a cruzarlo.

Mientras todo esto ocurría, en la provincia pasaban cosas extrañas. Cada vez que una familia denunciaba el asesinato de uno de sus miembros por parte de la policía bonaerense, Berni inmediatamente, mucho antes de que se expresara la Justicia, desacreditaba esa versión: ocurrió, por ejemplo, con la desaparición de Facundo Astudillo Castro y con las muertes en sede policial de Daiana Abregú y de Alejandro Martínez en San Clemente. Berni defendió también al policía que baleó al músico Chano Carpentier y a los policías que tirotearon y dejaron en terapia intensiva a Tomas Krueger, un chico de 19 años que no había hecho nada. La doctrina Berni respecto de estos episodios es clarísima: a priori, haga lo que haga, la policía siempre tiene razón. Lo mismo ocurrió esta semana cuando se conocieron los detalles de la detención de los choferes.


En junio del año pasado, la Bonaerense produjo -además- un hecho muy atípico: reprimió a palazos y con balas de goma una manifestación de estudiantes y docentes, en Lanús, que pedían justamente que la policía los cuidara, luego de que una banda de delincuentes entró a su instituto. Hubo heridos y detenidos. La Policía Bonaerense fue también la responsable del fallido operativo durante el partido entre Gimnasia y Boca, donde murió César “Lolo” Regueiro. Su familia sostiene que la policía borró pruebas que podrían indicar que Regueiro fue asesinado aquella noche. Berni dijo que se trató de un ataque cardíaco, minutos después de aquella muerte, antes de que nadie investigara nada.

Apenas asumió, Berni tomó además una decisión muy relevante. Más allá de cualquier opinión sobre su gestión -que fue rechazada por los bonaerenses en las elecciones de 2019-, María Eugenia Vidal puso en marcha una política inédita en el combate contra las barras bravas: en los años de su gobierno, la policía detuvo a centenares de integrantes de esos grupos violentos. Cualquiera que se haya acercado seriamente a ese tema sabe que existe un vínculo muy directo entre esas organizaciones y el narcotráfico, por una parte, y con la policía y la política, por la otra. Es un mapa muy fácil de construir para quien tenga cerca una computadora o un celular. Pese a eso, apenas llegó al cargo, Berni desarticuló al equipo que arrinconaba a los barras quienes, desde entonces, se movieron con tranquilidad en las canchas y, sobre todo, fuera de ellas.

Uno de los pocos dirigentes del Frente de Todos que se atrevió a cruzar a Berni en público fue Juan Grabois, quien lo acusó de “multimillonario”, dijo que no sabe “de dónde saca la plata” y lo calificó de “represor de pobres”. Grabois dijo algo también sobre el gobernador Kicillof. “Axel es el gobernador de la provincia. Lo respeto y quiero mucho, pero comete un error gravísimo en rifar su historia política teniendo un represor de pobres y obreros en su gobierno, rifa su futuro y el amor que le supo tener una parte importante de su generación”. Esos supuestos dilemas existenciales no dañaron la relación entre Kicillof y Berni, que se fortaleció a lo largo de la gestión. En los últimos tiempos el gobernador lo llama en público por su nombre de pila y lo elogia cada vez que puede. “Sergio da la cara”, ha dicho esta semana.


La acusación de Kicillof contra Bullrich por el asesinato de Daniel Barrientos se suma a una cadena de episodios similares que han ensuciado mucho el clima político en la Argentina. Horas después de la muerte de Alberto Nisman, por ejemplo, se desplegó un operativo para acusar a Cristina Kirchner de haber ordenado su asesinato, y otro para denigrar al fiscal fallecido con los peores argumentos sobre su vida privada. Kicillof debe recordar cuando lo acusaron de tener una mansión en un barrio uruguayo, o cuando lo insultaron en Buquebus mientras alzaba a su hijito, y Maximo Kirchner cuando difundieron sin pruebas la existencia de una cuenta suya en el exterior. Esta misma semana, su hermana Florencia Kirchner fue expuesta de manera indebida en un canal de televisión. También ocurrió que a Ernestina Herrera de Noble la acusaron falsamente durante años por haberle robado sus hijos a desaparecidos: es difícil encontrar una acusación más horrible. De Francisco de Narvaez dijeron que era narcotraficante en medio de una campaña electoral donde enfrentaba a Kirchner. A Eduardo Duhalde le atribuyeron el asesinato a Mariano Ferreyra. Es una saga, a decir verdad, bastante espantosa donde cada uno ve muy claramente la agresión que recibe pero nunca la que emite.

Bullrich ha sido dos veces víctima de estos métodos. Hace unos años, fue acusada por haber ordenado la desaparición de Santiago Maldonado. Eso no fue cierto. Aquella acusación no solo era moralmente reprochable. La demostración de su falsedad, además, la proyectó como una de las líderes más populares de Juntos por el Cambio. Si aquello no hubiera sucedido, tal vez Bullrich no tendría hoy la potencia electoral que tiene. Esta semana, Kicillof repitió el exitoso recurso al acusarla de estar involucrada en el asesinato de Barrientos.

Bullrich lo escuchó y escribió:


“La mentira, la cobardía de no asumir la responsabilidad de los hechos, la búsqueda de culpables y la bestialidad de las palabras del gobernador, nos muestran que NUNCA LA VERDAD SERÁ PARTE DEL RELATO KIRCHNERISTA. Ministro Berni: tenga la hombría de bien de un soldado de renunciar, y usted, gobernador, asuma su responsabilidad. A mí no me corren, no lo hicieron en el pasado, no lo harán ahora, y menos aún en el futuro”.

Una vez más, un sector muy importante del kirchnerismo ha hecho un aporte importante para acercarla un poco más a la Casa Rosada. ¿Cuánto más harán por ella en los meses que quedan hasta las elecciones?



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