Argentina, San Juan, Jueves 11 de Agosto de 2022
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Clase media, bendición y complejidad: cómo entender a un sector
El análisis binario de la estructura social argentina expresa no solo una simplificación cargada de ideología, sino que esconde una falsedad. Dividir a los argentinos en “ricos y pobres”, “elite y pueblo”, “chetos y populares” no solo abona el resentimiento, sino que presenta una fisonomía colectiva que no se condice con la realidad.

La separación teórica en dos mundos antagónicos, contrapuestos, en tensión permanente, donde siempre late el conflicto, no resulta operativa en la praxis. Básicamente porque menosprecia la relevancia del sector social más crítico para comprender nuestra idiosincrasia: la clase media.

Golpeado, empobrecido, agobiado y enojado, el corpus social argentino aún tiene el arquetipo de un país de clase media. A pesar de sus recurrentes crisis económicas y sociales, en 2022 todavía el 45% de los hogares del país son de clase media, acorde con la educación y el nivel laboral del principal sostén del hogar, que es como se define aquí la pertenencia de clase. Uno de los valores más altos de la región, junto con Uruguay y Costa Rica. Es cierto, la gran mayoría pertenece a una clase media baja que hoy dice estar en modo supervivencia. Algo muy razonable cuando se ve que sus ingresos familiares, al cierre de 2021, apenas superaban los US$600, medidos al valor del dólar blue. Pero eso no hace que pierda los valores estructurales que la definen, aunque sí explica en parte su desazón y malestar.

En la clase media alta tampoco se está viviendo una fiesta, aunque las cosas claramente están mejor. Allí los ingresos familiares promedio eran, al cerrar el año pasado, de $250.000 por hogar, o 1250 dólares blue.

La clase media se caracteriza por la sana ambición. Su emergencia es fruto de un deseo concretado. Salvo excepciones, quienes la integran hicieron un recorrido de abajo hacia arriba. Pueden haber sido ellos mismos o sus padres o sus abuelos. Esa es una gesta que llevan arraigada en su memoria emotiva y que los condiciona sobremanera. La clase media sueña, pero también teme. Se define justamente por su estadio intermedio. Siempre hay una instancia inferior y otra superior. Aspira alzando la mirada, pero la invade el miedo cuando se enfrenta vívidamente a las escenas de las que supo escapar.

A medida que su posición se consolida en la estructura social, tiende a volverse conservadora. Puede tentarse con nuevos intentos de movilidad ascendente cuando el entorno es favorable –crecimiento económico, crédito accesible, tipo de cambio favorable, buen clima de inversión– o cuando su realidad personal o familiar mejora –nuevo empleo, un ascenso, un negocio que salió bien, una inversión que rindió sus frutos–, pero es profundamente reactiva cuando se siente amenazada. No hay peor fantasma para alguien que logró llegar al medio que regresar al origen.

Lo que no se ve

Paradójicamente, la clase media es poco criticada por las clases bajas. Algo que suele crispar los nervios de aquellos que, con la mirada ideológica que solo concibe la citada estructuración binaria de la sociedad, ven en este acto un “pueblo” que atenta contra sí mismo. Lo que no pueden o no quieren ver los que critican la supuesta falta de rebeldía de los aspirantes a la movilidad ascendente es que, para quienes viven en la pobreza extrema, la pobreza no extrema es un primer punto de llegada lógico y atractivo. Y para quienes con la dignidad de su trabajo ya han dado el primer paso, el segundo –pasar de la pobreza no extrema a integrar los sectores medios– es un anhelo que moviliza sus emociones y motoriza su esfuerzo, ya sea que lo vayan a concretar personalmente o que esa instancia ascendente quede reservada para sus hijos o nietos.

Ellos no ven un enemigo ni una amenaza en las costumbres burguesas. Por el contrario, esas imágenes estimulan su deseo. La clase media es un destino adonde llegar.

El crecimiento de la clase media es una bendición para los países porque su empuje eleva el nivel de vida general de la sociedad. Esa fuerza mueve el promedio a instancias más altas. Busca un nuevo equilibro en la estructura social nivelando hacia arriba. La sana ambición se canaliza a través del único medio que este sector, por idiosincrasia y valores, considera legítimo: el trabajo. Para ellos, el dinero se gana de una única manera: trabajando. Naturalmente, no son naíf. Aprovechan todos los atajos que encuentran en el camino. Toman del Estado lo que les provea. Desde la educación, la salud y la seguridad, demandas centrales, hasta pequeños artilugios que incrementan su poder adquisitivo, como planes de incentivo al consumo, créditos o perdones impositivos.

Es tan arduo y trabajoso el recorrido para “llegar a ser” que una vez concretado comienza a emanar complejidad. La gesta es vivida y relatada con rasgos heroicos. Nadie quiere perder lo que logró, sin importar cuánto sea eso. Cada uno de esos logros es un triunfo, un pequeño (o gran) tesoro que debe cuidarse y preservarse. Desde el punto de vista simbólico, no solo construye sentido para la historia familiar y personal, sino que también opera como un seguro. La clase media siente que mientras se ubique allí podrá sortear de alguna manera las dificultades que traerá el contexto.

Los integrantes de este complejo corpus social pueden tolerar crisis económicas, recesiones, ajustes y momentos de austeridad. Pero siempre tienen un límite. Muy difícil de descifrar en los cálculos previos. Hemos visto en los últimos años, en diferentes países, cómo la falta de empleo, la inflación creciente con la consecuente pérdida de poder adquisitivo, los aumentos a priori “tolerables” en el costo del transporte público, en las tarifas de los servicios energéticos, en los alimentos o en los combustibles despertaron un tsunami de mal humor social que sorprendió a los gobiernos de turno.

La propiedad privada, un límite claro

Si hubiera que definir un punto límite claro y concreto de la clase media, ese es, sin dudas, la violación de la propiedad privada. Insisto: no importa cuánto se tenga. Puede ser un pequeño comercio, una bicicleta, un teléfono celular, un auto, una casa o un terreno. El hashtag que bien podría sintetizar la idiosincrasia de la clase media es “no me toquen lo mío”. Cualquier gobierno o institución que decida avanzar sobre ese campo, “quema las naves”. Ya no tiene punto de retorno, el vínculo se quiebra.

En lo que hace a su rol de consumidores, la clase media es profundamente aspiracional. El consumo le importa y mucho. Los objetos se transforman en señales que indican la solidez de su posición en la estructura social. Resultan elementos ordenadores que emiten mensajes críticos sin necesidad de decir una palabra. En cada gesto y en cada acto ese consumidor que “está en el medio” se juega la equidistancia con el “arriba” y el “abajo”. Cuando una marca logra interpelar no ya a un grupo o segmento de consumidores, sino a la identidad de clase, sus ventas crecen exponencialmente. El jean que “debe ser”, el celular que “hay que tener”, el viaje “que hay que hacer” o el restaurante “al que hay que ir” pasan a integrar la categoría de aquello que “no tiene precio”, porque lo que se está comprando excede profusamente lo obvio y lineal.

En esos casos el consumidor de clase media gasta lo que no tiene. Le va en ello su sentido de pertenencia. En otras cosas puede ser muy austero, porque si algo aprendió este consumidor donde siempre los deseos superan a las posibilidades, es que debe saber elegir.

La clase media es entonces, tanto para la política como para las marcas, demandante, crítica, aguda y poco paciente. Le gusta tener una calidad de vida “razonable” o “vivir bien”, ambas concepciones subjetivas y relativas, pero determinantes para su estado de ánimo y su proceso decisorio. Premia con su apoyo y adhesión a quienes interpretan que piensan en ella y le solucionan problemas, le brindan placeres o le otorgan seguridades. Sufre y se fastidia con quien sea cuando la ecuación entre “lo que quiere y lo que puede” o entre “lo que paga y lo que recibe” se desbalancea demasiado.

A propósito de lo que podría ocurrir si se frenase el proceso de movilidad social ascendente que había introducido la globalización, en 2015 el reconocido economista francés Jaques Attali enunció lo que podría tomarse como un axioma social y político plenamente vigente en el mundo actual y, por supuesto, en nuestro país: “Nada es más peligroso, para cualquier régimen, que arruinar a la clase media, columna vertebral de todo orden social”.

Gestionar la complejidad requiere mucha destreza y precisión. Administrar una bendición, sabiduría.



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