Argentina, San Juan, Domingo 23 de Enero de 2022
Nativitas: predestinación o nuevo comienzo – Lisandro Prieto Femenía






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En la presente oportunidad intentaremos reflexionar en torno al concepto de natividad, en contraposición de la visión determinista de la irrevocable predestinación y su consecuente visión pesimista y nihilista, simbolizada antaño con alegorías y hoy tangible en una cotidianidad pretendidamente vaciada de sentido.
Tomaremos, en primer lugar, dos íconos de la mitología griega como modelos arquetípicos de la interpretación de la existencia propiamente humana: Sísifo y Dionisos. Por si no lo recuerdan, el relato de los castigos de Sísifo revela al Rey de Corinto cargando una roca enorme sobre sus hombros cuesta arriba en una empinada montaña. Una vez cumplida la meta de hacer cima en la misma, la roca caía hacia la base del monte y Sísifo debía retornar, eternamente, a reiniciar la carga insufrible. En su obra “El mito de Sísifo” (1942), Albert Camus nos legó una interpretación de la precitada alegoría haciendo hincapié en el carácter absurdo de una vida insignificante, plagada de esfuerzos dolorosos que finalmente tornan ser inútiles e inconducentes ¿Esperanzador no? Pues bien, si nos ponemos a pensar un momento, lo que torna la existencia absurda es el quietismo, hermano mayor de un conformismo doloroso abrazado masivamente por masas completas adormecidas y desesperanzadas permanentemente bajo la ilusión que instala la imposibilidad de cambio alguno en nuestra finita existencia.
Por otra parte, apreciemos brevemente la significancia de la epifanía de Dionisos, dios de la mitología griega que representa el éxtasis, la embriaguez, los excesos, el renacimiento del ciclo vital natural (la primavera), el caos y la expresión sublime de las emociones sin represión alguna. En la cultura griega arcaica, su celebración significaba inexorablemente un renacer completo de la naturaleza y una oportunidad única de revitalización que renueva los brotes de la vid análogamente como lo hace con la esperanza de un pueblo entero.
Con el cristianismo occidente reformuló e intentó equilibrar las perspectivas precedentemente explicitadas, invocando un sentido único a la natividad (del latín “nativitas”- nacimiento). Desde el hito del nacimiento de Cristo se instaló en nuestra cultura un entusiasmo ligado a la promesa que infiere la llegada de una vida a este mundo. Lejos de ser un simple acto biológico, nacer pasa a ser una apuesta de esperanza hacia la incertidumbre de un futuro preeminentemente incierto: es una promesa.
De más está decir que aquellos que hemos deseado y podido ser padres, cuando lo hemos logrado atravesamos por un tsunami de sensaciones desconcertantes, preocupantes, agobiantes anuladas completamente por la inexplicable alegría que produce traer vida al mundo, que es, en otras palabras, un gesto sublime por querer dar sentido a una existencia que constantemente nos desgarra a desesperanzas. No es casual que coincidamos casi unánimemente entre los mortales medianamente normales que la pérdida de un hijo es, sin duda alguna, la experiencia más desagradable y desgarradora por la que podemos atravesar en nuestra vida…..
Así como celebramos anualmente la natividad de un Cristo, también festejamos la nuestra, la de nuestros hijos, padres, hermanos, amigos y parejas. Mientras que nuestro cumpleaños es motivo de festejo durante el día que toque, la natividad simboliza, similarmente a lo previamente detallado en el caso de Dionisos, un rebrote vital, una excusa para replantear el sentido de nuestras vidas mediante el poderosísimo símbolo de un Dios que vino a nacer para transformar radicalmente la visión absurda y dolorosa que nos dejó Sísifo en su eterno castigo como forma de vida. Se trata, sin duda alguna, de un hito que nos impele a pensar nuestra esencia espiritual individual en una celebración que debe realizarse, no casualmente, de manera colectiva puesto que la participación de la ilusión de un nuevo comienzo es imposible de realizar en solitario (a pesar de lo que digan los gurúes posmodernos de autoayuda).
En este sentido es interesante el aporte que nos lega Anselm Grün en su obra “Navidad, celebración de un nuevo comienzo” (2005). El benedictino nos recuerda que la celebración de la natividad provoca en nosotros un sentimiento de profunda desilusión: simboliza, por una parte, el ideal de la posibilidad de comenzar nuevamente y, por la otra, la cruda realidad, a saber, la tristeza propia de una era que hace gala de la desintegración total del tejido social. Pero conjuntamente a la nostalgia y angustia mencionada, se hace presente, año tras año, la posibilidad de interpretar nuestra vida con nuevas cualidades propias del sentimiento nativo: no estamos, como Sísifo, cargando la roca de nuestro pasado, de nuestra herencia cultural, de nuestros castigos y acuciantes circunstanciales. El mensaje que nos regala Grün básicamente versa que Dios mismo comienza de nuevo contigo, ya que se integra como niño en tu realidad mediante la epifanía que representa la navidad o, en otras palabras, incluso para los no creyentes, siempre es posible nacer de nuevo.
Qué mejor ícono representativo para expresar tal mensaje que la personificación de la esperanza por un nacimiento por parte de una pareja de refugiados que huyen de su tierra para poder dar a luz, en condiciones sanitarias deplorables a quien ellos consideraron la luz del mundo, para siempre. Si nos detenemos a pensar por un instante sobre este ícono, el pesebre, podemos comprender el mensaje profundo de la invitación que implícitamente trae consigo la natividad: aún hoy, en épocas de pandemia, hambrunas y guerras, la gente insiste en traer vida al mundo. Locura para algunos, sentido para otros. Lo cierto es que nuestro persistente razonamiento y proclamación acerca de que nadie está de más en este mundo se sustenta y justifica en el marco sacro que instala la navidad: toda vida nueva es digna de promesa, y por ello vale la pena ser cuidada.
Lo sé, hoy no es “cool” plantear semejante cosa. Lo sé, vivimos en tiempos del mito de la superpoblación global, los antivacunas y el terraplanismo y la explícita tanatopolítica. Aún así, lo ancestral siempre es vigente mientras que la moda siempre es pasajera. El esclavismo al estilo Sísifo de una vida marcada por el consumo desmesurado de bienes y servicios totalmente innecesarios que sólo se presentan con la ilusión de pretender llenar con útiles obsoletos una existencia preciosamente única y finita nos deja en solitario frente al abismo del absurdo. La natividad, en pocas palabras, hace presente la manifestación colectiva de un sentimiento profundo de esperanza que nos grita entre susurros “otro futuro es posible”.



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Aproem informó cuáles son los precios mínimos sugeridos para la venta de uva $40 para uva Criolla y $60 para la Malbec en 3 pagos mensuales
La Asociación de Productores del Oasis Este de Mendoza (Aproem) detalló que, según los estudios de costos realizados por el INTA Junín
La entidad difunde estos valores, que surgen de un estudio realizado por el INTA, y advierte que, por debajo, no se alcanzan a cubrir los costos

La Asociación de Productores del Oasis Este de Mendoza (Aproem) detalló que, según los estudios de costos realizados por el INTA Junín, el precio mínimo sugerido de venta de uva producida en la zona, al 30 de diciembre, es de $4 mil el quintal para la variedad criolla y $6 mil para la malbec, en 3 cuotas mensuales. “Sugerimos estos valores para que el productor sepa a qué precios vender y que si lo hace por debajo estará, una vez más perdiendo, dinero y por lo tanto descapitalizándose”, planteó su titular, Gabriela Lizana.
Imagen ilustrativa. Claudio Gutierrez / Los Andes
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Desde la entidad indicaron que, actualmente, por uva para elaborar un excelente vino genérico se está pagando $3 mil el quintal y por la malbec, $4.200. En este sentido, Lizana subrayó que tanto estos valores, como el del mosto y el vino blanco escurrido o de blancas, están muy por debajo de los sugeridos; es decir, no alcanzan a cubrir los costos de producción.
Asimismo, señaló que los insumos dolarizados han tenido aumentos muy por encima de los índices de inflación interanual. Y sumó que el mismo vino, según datos del Indec, tuvo un incremento del 117% en la góndola.

“Un año más que reclamamos por el descontrol en la distribución de la renta al interior de la cadena vitivinícola -algo que también se da en otras cadenas agroalimentarias del país- y que generan distorsiones que jamás resultan en beneficio del sector productivo”, planteó Lizana. Por este motivo, acotó, se están abandonando sistemáticamente los cultivos vitivinícolas en la zona Este, para comenzar a desarrollar otras actividades.
CIRUELA DE EXPORTACION
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“El abuso normalizado en las relaciones comerciales y el descontrol en las cadenas de comercialización bloquean cualquier tipo de perspectiva seria de crecimiento para el sector productivo”, manifestó. Además, denunció que se utilizan a modo de paliativo herramientas como la diversificación, que consolida el negocio del mosto, con proveedores vitícolas obligados e entregar su producto al precio que los elaboradores decidan pagar.

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Ante este escenario, dudó que la merma productiva que se anticipa para este año, con respecto a la cosecha 2021 –debida a factores climáticos, falta de agua, recursos insuficientes- no significará una recomposición de los precios para el sector. “La pérdida de hectáreas, mano de obra y trabajo digno parece ser algo aceptado como parte de la normalidad. Triste final tendrán las economías regionales si esto continúa”, concluyó.
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