Argentina, San Juan, Martes 21 de Septiembre de 2021
1973: el día en que mataron y murieron en nombre de Perón Una multitud se movilizó aquel 20 de junio para recibir a su líder. Pero las facciones más extremas del peronismo se enfrentaron como en una guerra.






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El 20 de junio de 1973 amaneció soleado y prometedor. Sin embargo, aquel presagio con marco de alegría popular y ritual auto celebratorio del peronismo terminaría a los tiros: muertos, contusos y heridos graves, víctimas todas cuya dimensión final ha quedado como un vacío imperfecto de la historia. “El periodista Horacio Verbitsky habla módicamente de sólo 13 muertos y 365 heridos, pero es muy probable que las víctimas fatales hayan alcanzado el centenar”, según contó Félix Luna en su “Historia Integral de la Argentina”.

Aun así, fue una gigantesca peregrinación, única en el devenir argentino a través de los años. Mística y política marcharon ese día de la mano. Personas dispersas y delegaciones organizadas llegaban de todo el país con un destino de encuentro reivindicatorio: lograr la máxima cercanía posible al palco desde el que Perón le hablaría a la muchedumbre en su segundo y definitivo regreso al país, luego de 18 años de exilio.

Ese palco, situado en la autopista Riccheri, en el cruce con la Ruta 205, a la altura del puente El Trébol, conocido como Puente 12, a tres kilómetros del Aeropuerto de Ezeiza, era el escenario previsto para la gran asamblea popular que le daría marco de epopeya a la jornada. Pasó hace 48 años y fue feriado nacional

Hubo servicio de transporte gratuito en todo el país. Los pasajes aéreos se agotaron, los trenes viajaban saturados, en los colectivos se veía gente colgada, con sus cuerpos fuera de las ventanillas. Y los micros que movilizaba la militancia de las unidades básicas, sindicatos y sedes partidarias propias y de sectores afines, se veían repletos y desbordados.

En los alrededores de ese palco al que todos querían arribar, se desataría el primer combate armado por el control partidario que cambiaría para siempre el sentido de la sufrida épica que nutrió el imaginario del movimiento. Hasta ese momento, el peronismo había sido proscripto, perseguido, silenciado, el cadáver de Eva robado, desaparecido y profanado, y Perón desterrado por un cruento golpe militar: acciones todas de minorías violentas que hostigaban con saña al principal movimiento de masas de la Argentina, argumentación sacramental de los exégetas del movimiento y también de los nuevos y díscolos discípulos.

Exhibición. Sectores de ultraderecha, con armas en el palco, enfrentaron a las formaciones especiales.
Exhibición. Sectores de ultraderecha, con armas en el palco, enfrentaron a las formaciones especiales.
Los feroces cruces de Ezeiza significaron un viraje drástico, la línea divisoria de mártires y verdugos se hizo desde entonces difusa. Los peronistas se enfrentaban entre sí en una lucha a muerte por adueñarse de Perón y de su acervo doctrinario, por izquierda y por derecha, para así ejercer el poder y control del movimiento y el partido. Algo que Perón, ya con la fatiga de metal de los aviones con muchas horas de vuelo, no podría controlar. O no tendría las energías suficientes para hacerlo, según conjeturaban los bandos enfrentados.

Julio Bárbaro, entonces un joven diputado, formado en el social cristianismo y de natural evolución al peronismo, diría en su libro “1973, el regreso del General”, que ese día “las dos supuestas vanguardias intentaron debatir sus liderazgos. …Estaba todo sobre la mesa, los dos actores principales, que eran Perón y su pueblo, y los actores secundarios que eran los que se creían la vanguardia, de izquierda o de derecha”. Y sobre las organizaciones armadas trazó una cruda radiografía. Según su análisis, para las cúpulas de los grupos guerrilleros enquistados en el peronismo “la culpa la tuvo Perón primero, después la dictadura, luego el imperialismo, los monopolios, el otro”.

La concurrencia fue estimada por algunos en alrededor de dos millones de personas, cifra que lograría con los años el consenso más extendido. Algunos la extendieron hasta cuatro millones, mientras hubo quienes minimizaron el número.

Por ejemplo, el historiador británico David Rock, quien en su libro “Argentina 1516-1987/Desde la colonización española hasta Raúl Alfonsín” consideró en medio millón las personas movilizadas. “Algunos indicaron 1.500.000 personas, mientras que otros estimaron cuatro millones” escribió el historiador estadounidense Robert Crassweller, autor de “Perón y los enigmas de la Argentina”.

El politólogo francés Alain Rouquié asegura en su obra “El siglo de Perón” que “millares de argentinos -dos millones se dice- se dirigen al aeropuerto de Ezeiza para recibirlo. En su mayoría se trata de simpatizantes o militantes de la JP (Juventud Peronista), enmarcados en las formaciones especiales”. Esa denominación era el eufemismo que tendía a disimular el carácter combatiente de las organizaciones juveniles armadas que Perón estimulaba en su batalla contra las diversas dictaduras que venían impidiendo su regreso a la Argentina.

Testigos y participantes de aquella manifestación, incluido el autor de estas líneas, coinciden en relativizar la mirada del autor francés, al margen de las cifras que se evalúen. El núcleo acaso más numeroso de la concurrencia fueron familias enteras, ciudadanos no encuadrados, delegaciones del interior, comunidades barriales, centros de jubilados, vecindarios populares, en su mayoría del conurbano bonaerense, también legiones de barriadas porteñas, quienes desfilaron aquella jornada sin advertir la tragedia política que en pocas horas abatiría la alegría del acontecimiento tan esperado. Por supuesto, sobre todo en las cercanías del palco, también fueron visibles y compactas las columnas de las dos facciones que ya habían quebrado la “unidad” movimientista, concepto emblema del peronismo.

Para el acto se habían creado una Comisión Organizadora y un Comité de Recepción ad hoc, con el objetivo de que el gigantesco cónclave popular se desarrollara en paz. El vicepresidente de la Nación, Vicente Solano Lima, un conservador bonaerense de antigua relación con Perón, y el joven y ascendente Juan Manuel Abal Medina, secretario general del Movimiento, eran voces influyentes y, sobre todo, moderadas en medio de dos sectores que no hacían sino ladrarse y mostrarse los dientes todo el tiempo con las banderas de “la patria peronista” y la “patria socialista”. Coros guerreros de identidades opuestas, sin vocación para convivir ni siquiera en el día más soñado por la genuina militancia peronista. Ni la de López Rega ni la de Firmenich: la de Perón y Evita.

En los días y horas previos a la llegada, tanto en el Comité como en la Comisión había crecido la influencia de posiciones poco cautelosas y con ánimos flamígeros, como la del coronel Jorge Osinde, antiguo oficial de la inteligencia militar peronista en los años 40, preso de la Revolución Libertadora entre 1955 y 1958, y tras la victoria del 11 de marzo funcionario del ministro de Bienestar Social, José López Rega, de transparente afinidad con la derecha más rancia del nacionalismo justicialista. O la palabra de la dirigente Norma Kennedy, amiga y funcionaria de López Rega (para muchos vinculada luego a la banda terrorista de la Triple A), encarcelada por Videla y más tarde indultada por Menem. Junto a Osinde y Brito Lima, jefe del Comando de Organización, eran el núcleo fuerte de la línea dura del PJ contra los “zurditos infiltrados”, como descalificaban en un deliberado genérico a la juventud.

Los organizadores de la convocatoria tendieron un cerco de seguridad y un rígido control perimetral del palco, donde también ocupó un lugar relevante el general Miguel Angel Iñiguez, un viejo cuadro militar que se había mantenido leal a Perón en el golpe de 1955. Tras el desplazamiento de Cámpora, en el interinato de Lastiri, sería designado comisario general de la Policía Federal, y confirmado luego en el gobierno de Perón.

En su libro “El último Perón, testimonio de su médico y amigo”, el doctor Jorge Taiana, quien luego atendería al General en sus días finales, contó que esa batalla “de vanguardias”, que ya se insinuaba antes del regreso póstumo de Perón tras su exilio de 18 años, tuvo incluso sus primeras escaramuzas el día anterior. Taiana observa la presencia de “grupos cada vez más numerosos en la tarde del día 19. A la noche hubo turbulencias e incidentes, A las 2.10 se oyeron disparos de armas de fuego y se atendieron contusos y heridos. Durante la madrugada el nerviosismo aumentó, chicas y chicos alegres y festivos contrastaban con el deambular vigilante de quienes ejercían, armados, el control del puente y sus vecindades”.

Si bien las dos facciones beligerantes estaban armadas, las constancias históricas acreditan que el mayor poder de fuego estaba en manos de la derecha peronista, con un tutelaje absoluto sobre la zona.

Los mastines lopezrreguistas estaban dispuestos a matar y morir antes de que los osados jóvenes que pretendían presionar a Perón y hasta redefinir su identidad política, pudieran cruzar la línea trazada “para preservar al General”.

Osinde tenía bajo su control esa poderosa fuerza, distribuida en puntos estratégicos: el palco, los alrededores aledaños de los bosques de Ezeiza, el Hogar Escuela “Eva Perón” y el Hotel Internacional del Aeropuerto, en donde, de acuerdo a testimonios coincidentes de la época, además de curar heridos y contusos, se torturaba a los cuadros de la Juventud y la disidencia peronista, acusados a priori de todo tipo de conspiraciones. Sin descartar “un complot para matar a Perón”, algo impensable en esas circunstancias por las consecuencias que hubiese desatado. Y, sobre todo, por la falta de evidencias desde entonces hasta hoy.

Leonardo Favio, talentoso cineasta peronista, en ese momento en auge de popularidad como cantante, y por eso contratado para amenizar el acto, fue uno de quienes denunciaría las torturas en el lujoso parador de viajeros.

El historiador y periodista Marcelo Larraquy en su libro “Los días salvajes/Historias olvidadas de una década crucial: 1971-1982” contó que “después de los tiroteos, Favio llegó hasta el Hotel Internacional. Entró en la habitación 108 y se encontró con un grupo de torturados. Pidió un médico para ellos. Les propuso un pacto a los torturadores: si dejaban de golpear a los detenidos, él se olvidaría para siempre de sus caras. Y se llevó el nombre de los ocho torturados.”

El animador del acto no la pasó del todo bien en el escenario. Una y otra vez debía tirarse a suelo para protegerse de las balas que picaban cerca, mientras pedía “tranquilidad”. Su voz no lograba transmitirla. Antes bien, reflejaba el sentimiento colectivo de angustia y miedo. “Paz, compañeros, paz”, clamaba. Nadie lo escuchaba. Como en un grotesco felliniano, con la intención de apaciguar el violento descontrol, se le oyó decir: “Compañeros no se suban a los autos, por favor…los pueden dañar y corren peligro… cuidado, por favor cuidado con ese auto…. ¡Uyyyy, ese auto es el mío!!!”, terminaría lamentándose y enterando, a micrófono abierto, a la multitud más distante de la gravedad de lo que estaba pasando en torno al palco.

El desconcierto popular crecía. El aire humeante y el clima de “guerra abierta” que provenía del olor a pólvora, se había transformado ya en un intenso hedor a tragedia. La pelea no era sólo por el control o la cercanía del palco: era una cruzada de “depuración” en el credo peronista. Automóviles Dodge y Falcon, anticipo éste del vehículo preferido de los dictadores en lista de espera hasta marzo de 1976, corrían a toda velocidad, esquivando a gente indefensa y atontada, patrullas de guerra fuera de control. Rastrillajes con destino de cacería.

Los cánticos se escuchaban en los alrededores del estratégico palco. “¿Qué pasa, qué pasa, general? La patria es socialista y la quieren cambiar.” Consigna repelida de inmediato: “Duro, duro, duro, la patria socialista se la meten en el culo.”

Los bombos peronistas ya no podían silenciar tanta quejumbre guerrera. Finalmente, fue un retorno vacío de pueblo. Perón vio la gigantesca manifestación desde la altura del Boeing 707 de Aerolíneas Argentinas que lo regresaba a su Patria. En Ezeiza, la gente desertaba como podía del escenario bélico: por oleadas, los manifestantes se trepaban, desesperados, a los micros y colectivos sin preguntar el destino. Sólo querían escapar del infierno. Perdida la alegría, privados de las vivas del reencuentro, sólo quedaban en pie testimonios de miedo y muerte. Y sueños rotos de a millones.

Sin tregua. La ultraderecha lopezrreguista y la Juventud Peronista siguieron cruzando tiros en la zona de los bosques. Hubo denuncias de torturas en el aeropuerto de Ezeiza.
Sin tregua. La ultraderecha lopezrreguista y la Juventud Peronista siguieron cruzando tiros en la zona de los bosques. Hubo denuncias de torturas en el aeropuerto de Ezeiza.
Esa noche misma, Perón le habló al país para pedir disculpas por lo ocurrido, y al día siguiente, en un mensaje por cadena nacional, pondría las cosas en claro: “Los peronistas tenemos que retornar a la conducción de nuestro movimiento, ponerlo en marcha y neutralizar a los que pretenden deformarlo desde abajo o desde arriba… Nosotros somos justicialistas…No hay nuevos rótulos que califiquen nuestra doctrina ni nuestra ideología. Somos los que las Veinte Verdades peronistas dicen… No es gritando ‘la vida por Perón’ que se hace Patria, sino manteniendo el credo por el cual luchamos.” En su carácter de árbitro supremo, el viejo caudillo le levantaba la mano a quien bendecía en el pleito ideológico.

En “Ezeiza”, el trabajo más documentado que se haya conocido sobre aquella sangrienta refriega, el periodista Horacio Verbitsky, entonces oficial de Inteligencia montonero, le puso nombre propio a la tragedia. La llamó “la masacre de Ezeiza”, etiqueta que ya había circulado en su momento en las publicaciones de la insurgencia peronista.

Verbitsky dejó en esas páginas un juicio distinto al de Perón: “El hombre viejo y enfermo que descendió en la base militar de Morón no podía conciliar las tendencias antagónicas que se mataban en su nombre.” En el libro, básicamente, se desarrolla la hipótesis de que la izquierda peronista más combativa (representada por Montoneros en alianza con las FAR, brazos armados de la Juventud Peronista), que disponía de una importante estructura bélica y activos cuadros combatientes, marchó prácticamente desarmada. Sólo tenía “los palos de sus carteles, algunas cadenas, unos pocos revólveres y una sola ametralladora que no utilizaron”.

Y en esa presunta indefensión, fueron emboscados por la derecha y las huestes del sindicalismo más reaccionario y burocrático, grupos militares y pandillas paramilitares bajo el mando de Osinde, reforzados por el Comando de Organización, la Concentración Nacional Universitaria, agrupaciones enemigas de todas las izquierdas.

Verbitsky interpretaría los sucesos como el primer paso para derrocar al gobierno de Cámpora, quien presentaría su renuncia el 13 de julio, poco más de veinte días después. Y allanaría así el camino para la tercera presidencia de Perón, a la que accedería en las elecciones de septiembre con el 61,85% de los votos.

Analistas, observadores y testimonios de época vieron otros matices. Hubo una columna muy nutrida de la izquierda peronista, con un poder de fuego mayor al de “palos y cadenas”, que ingresó a la escena por detrás del cruce de Riccheri con la 205, seguramente con la intención de abordar el palco. Entre esa columna y los guardias pretorianos del atril principal, y en esto coincide el propio Verbitsky en su investigación, ocurrió la batalla mayor, luego de que cayera muerto de un disparo uno de los oficiales de Osinde (el militar Chavarri), quien en la zona de los bosques más próxima al palco amenazaba con una pistola en las cabezas a dos combatientes de Montoneros, también abatidos en la chispa que dio pie al incendio.

En cuanto al número final de muertos y heridos, de las 13 víctimas fatales que señaló Verbitsky “sólo 3 pertenecían a Montoneros o a sus agrupaciones juveniles”, dijo. Y dio sus nombres: Hugo Lanvers. Horacio Simona y Antonio Quispe. Su listado se completa con el capitán del ejército Roberto Máximo Chavarri, que integraba la custodia del palco del Osinde. Los nueve restantes, a quienes el periodista afirmó no conocer, fueron: Antonio Aquino, Claudio Arévalo, Manuel Cabrera, Rogelio Cuesta, Carlos Domínguez, Raúl Obregozo, Pedro López González, Natalio Ruiz y Hugo Larramendia.

Su rastreo definitivo dice que también se registraron “133 heridos de bala identificados y 222 sin identificar. En total, 365.” Además de la ya citada réplica de Félix Luna, en la presunción de un número mayor en todo sentido, hubo otras fuentes y comentarios de época coincidentes con el historiador.

Algunas publicaciones y testimonios personales, sin aportar pruebas documentales, llegaron a sostener que las víctimas fueron cercanas al millar. Verbitsky caracterizó aquello como la clausura “de un ciclo de la historia argentina (que)…prefigura los años por venir. Es la gran representación del peronismo, el estallido de sus contradicciones de 30 años”.

Hoy, a casi medio siglo de la infausta jornada, algunos insisten en asignar a aquella guerra a campo traviesa como un duelo entre idealistas revolucionarios y demonios reaccionarios.

Quizá había un poco de cada uno en ambas trincheras. A propósito de eso, años después, en el programa “Si te he visto, no me acuerdo”, emitido por la TV Pública, el historiador Felipe Pigna puso al aire la visión de los hechos de Ezeiza de Mario Firmenich, el jefe montonero: “Teníamos claro es que se planteaba una lucha política ideológica entre los sectores ortodoxos y conservadores del peronismo y los sectores revolucionarios del peronismo…Y por tanto nuestra decisión política era mostrar ante Perón un poderío de masas, de opinión pública, para decirle ‘Vea General, el proceso va por acá, no va por sus viejos dirigentes de la burocracia sindical, el proceso político argentino, éste que lo ha traído a usted, viene por esta base de masas, que es esta generación, esta juventud, que opina esto’…” Fue como decir, con otras palabras, aquello de “el hombre viejo y enfermo que descendió en la base militar de Morón no podía conciliar las tendencias antagónicas que se mataban en su nombre.”

Firmenich cerraba así el círculo con perfección geométrica: si Ezeiza fue “masacre” entre las vanguardias peronistas, también sería el primer paso hacia la más grande tragedia política argentina del siglo XX, que llegaría el 24 de marzo de 1976.



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