Argentina, San Juan, Martes 21 de Agosto de 2018
FM Del Sol - La Justa - 91.9
¿Dónde están, hoy, los adversarios?
Por: Lisandro Prieto Femenía





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Hoy nos interesa compartir con vosotros una lectura que consideramos sumamente interesante en el marco de la constitución política de ésto que llamamos "democracia", que tanto amamos y que tan poco conocemos a fondo. Vivir en democracia nada tiene que ver con ésto, a saber, con la comprensión de las fuerzas antagónicas que cotidianamente la conforman en un movimiento tirante y constante de luchas por el poder real.
Al respecto, sugerimos el texto "El retorno de lo político", de Chantal Mouffe, quien en 1999 presagiaba allí la posibilidad de la total desaparición del principio de diferenciación que funda a todo acto político, la distinción plena entre "amigo/enemigo" (tomada de Carl Schmitt) y su propuesta concreta, "enemigo/adversario". Nuestra autora nos invita a pensar en este "otro" distintivo ("el exterior constitutivo") no tanto como aquel al que hay que eliminar del mapa político (y/o real) sino con el que debo coexistir mediante el "desacuerdo" (categoría estructurante de la filosofía política de Jacques Ranciere).
Justamente, podemos avizorar, tras diecinueve años de haber sido escrita la obra de Mouffe, que en estas casi dos décadas del siglo XXI el espacio de lo político ha rehuido a la distinción previamente planteada bajo slogans publicitarios propios del márketing político posmoderno que atienden al desvanecimiento completo de las fronteras que a la vez que nos constituían, en cuanto adversarios y nos identificaban frente a esos "otros" que piensan distinto. Sin el antagonismo, pues, sólo existe la indiferenciación (reflejada en una completa indiferencia ciudadana) que no se identifica con nada, con nadie, pero que a la vez, paradójicamente, nos invita al consenso y al cambio constante en vistas de un porvenir totalmente ficticio.
Al contrario de lo que la opinión pública sostiene, la relación agonal (con los adversarios políticos), lejos de ser un impedimento para el normal desenvolvimiento de la democracia pluralista, es, más bien, el fundamento mismo de su existencia. La ficción idílica que plantea que la mejor democracia es aquella en la cual diversas formas de pensamiento no se diferencian radicalmente y que sólo se debería gobernar en un estado ilusorio de paz perpetua sirve de argumento práctico para los tiempos que corren, en los cuales todo conflicto tiende a mediatizarse bajo la relación amigo/enemigo en vez de considerarse la real y compleja trama de intereses en puja (que constituyen el mecanismo de construcción y mantenimiento del poder real).
La tibieza política a la que nos hemos malacostumbrado forma parte integral del habito creado por nosotros mismos, los ciudadanos comunes (laburantes, padres de familia, vecinos y funcionarios) de naturalizar la eliminación del espacio en el cual el conflicto pueda expresarse, espacio sin el cual sería imposible dar pie a la constitución de identidades políticas que implican necesariamente posicionarnos, todos, en lugares simbólico-políticos bien diferenciados. En otras palabras, es rigurosamente necesario que, para que esto que llamamos democracia sea fácticamente efectiva, los ciudadanos tengamos la posibilidad de elegir entre alternativas reales, apuestas políticas bien diferenciadas que denoten un contraste -no publicitario- de proyectos.
El peligro de no contar con adversarios, o de no querer tenerlos (práctica política asidua, no sólo de políticos en la práctica, sino también de todos nosotros al no querer participar jamás de un debate sesudo en el cual podamos ser interpelados intelectualmente por nadie) radica en la cobardía autoritaria de sentirnos seguros cuando disponemos de la sensación de estar rodeados, exclusivamente, de aduladores que lejos de imponernos un desafío, un contraste (desacuerdo fundante de la política) asienten sin cesar la afirmación capital (y trágica) de una servidumbre voluntaria como modo de vida. Expresado sencillamente, sin desacuerdo, sólo hay esclavitud y servilismo voluntario, lo cual en esencia dista bastante de ser ésto que llamamos "vivir en democracia".
En conclusión, os invitamos a la interpelación ¿estamos dispuestos a vivir, verdaderamente, en democracia? O ¿nos contentamos con la ficción de vivir en un Estado de derecho ficticiamente ordenado, ejecutado y dictado por unos "otros" que, lejos de ser irreales, están, no como nosotros, bastante bien posicionados en la diferencia y claramente identificados en cuanto a sus intereses? Dichos intereses, los suyos, y los nuestros, todos, ¿responden a la idea de "bien común", "comunidad"- común unidad entre distintos- o sólo atiende a un discurso vacuo que atiende a la forma de lo estrictamente políticamente correcto?



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