Argentina, San Juan, Jueves 21 de Septiembre de 2017
FM Del Sol - La Justa - 91.9
El peligro de los reduccionismos
Por Lisandro Prieto Femenia





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Generalmente suele entenderse por reduccionismo a la pretensión de sustitución de juicios, teorías o sucesos por otros que prometen tener mayor reconocimiento y que se presentan de manera menos problemática. Este proceder siempre se presenta bajo la justificación de ofrecer mejores ventajas, al punto tal que predisponen las condiciones de posibilidad del modelo contrario a un nivel casi nulo. En otras palabras, tener conocimiento de aquello que se reduce a un principio básico del mal llamado “sentido común” convierte inmediatamente en inutilizable la postura anterior.
Se trata del ejercicio retórico de simplificar, a través de un proceso inductivo, a saber, tomar partes desiguales y convertirlas en un todo homogéneo (falacia argumentativa bastante frecuente). En este sentido, el reduccionismo así presentado es un enfoque que se colocaría en las postrimerías del tan deseado “holismo” (pretender que las partes que conformen un todo tengan una correlación causal e intrínseca, sin perder las particularidades).
Un breve ejemplo del reduccionismo puesto al servicio de la retórica podría ser el pensar que los juicios que tenemos acerca de alguna realidad “tienen que” ser ciertos, por el simple hecho de haberse producido en nuestro pensamiento. En realidad, el “tener que” es un capricho que no guarda, necesariamente, una relación de causalidad con lo que las cosas, en sí, son.
Esta breve exposición del concepto suscitado nos sirve para analizar las prácticas discursivas institucionales e informales, las cuales recurren inexorablemente a un orden dialógico que permite el uso, y abuso, de este tipo de falacias argumentativas, las cuales, lejos de querer demostrar la verdad de un enunciado, lo que pretende simplemente es hacer algo con un “decir” que nadie está dispuesto a constatar con la realidad, o al menos, con la verdad formal (correlación lógica entre lo que se dice y lo que se hace, con lo que se dice).
Pues bien, efectivamente, el decir, hace. Nuestro presente no distingue doxa (opinión, creencia que no ofrece pruebas de su validez), indemostrable por definición, de episteme (“saber verdadero”, contrastable, demostrable, imperfecto pero formalmente válido). En otras palabras, el poder de la opinión así entendida, da en nuestro tiempo rienda libre a la difamación gratuita, sin medir las consecuencias éticas de lo que se puede llegar a hacer con lo que “se dice…”
Si, como vimos, conjugamos la naturalización de los reduccionismos, a través de un sinnúmero de falacias argumentativas propias de razonamientos inductivos, como es el caso de la generalización precipitada (“todos los políticos son corruptos”; “todos los docentes no están bien instruidos”; “todos los partidos o gremios adoctrinan”, etc.), a lo que llegamos es a la total anomia discursivo-política, que habilita a cualquier persona decir cualquier cosa de cualquier hecho en cualquier lugar y en cualquier momento. Grave, si pensamos seriamente, puesto que este tipo de prácticas ineludiblemente se motivan por un interés que conduce, o pretende llegar, a un fin.
Planteado el problema, habilitamos desde este humilde espacio al pensar, a saber, el ejercicio del preguntar: ¿somos conscientes de lo que hacemos con lo que decimos?, ¿tiene su plena vigencia la normatividad – legalidad que impide o, al menos, restringe, los usos y abusos de difamaciones gratuitas sobre seres humanos?. En un presente que invita exponer vidas (voluntariamente) por medio de redes sociales ¿no estamos jugando en un territorio delicado al trivializar las consecuencias existenciales, morales y vitales de las personas sobre las cuales, sin permitirse un derecho a réplica, se afirma o se niega “algo”? Y para concluir, ese “algo” , ¿corresponde a “algo” de la realidad fuera de mi juicio y prejuicio, o es un “algo” considerado real porque así “yo” lo creo?



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