Argentina, San Juan, Domingo 19 de Noviembre de 2017
FM Del Sol - La Justa - 91.9
La antipolitica al poder
Por Lisandro Prieto Femenia





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No es reciente ni novedosa la tendencia social, fruto de un supuesto hartazgo al status quo de algunas posturas políticas imperantes, la búsqueda de un “aire fresco” al momento de posicionar políticos en lugares de poder sumamente relevantes. Este afán propulsado por el cariñoso apoyo de medios de comunicación sumamente influyentes en candidatos cándidos que pretenden ofrecer un reiterado y vacuo “cambio” o “transformación” puso en la presidencia de los Estados Unidos a Ronald Reagan desde 1981 a 1989, y, recientemente, al carismático conductor del reality “El aprendiz”, basado concretamente en la lógica de uso común para despedir personas de empresas adaptadas a la postmodernidad líquida, a saber, el Pato Donald Trumpita.
En nuestro país no tenemos ejemplos presidenciales de semejante calibre, puesto que a Mauricio Makro no se lo pude calificar de showman, actor, conductor ni entretenedor, pero sí podemos avizorar en el trasfondo de su campaña presidencial un marcado énfasis en el señalamiento semiótico del concepto del “cambio” que lo puso en el sillón de Rivadavia.
El problema de fondo no es el nombre, ni el hombre, sino las políticas que se desarrollan por estos “nuevos aires renovadores” que la sociedad entropezadamente apoya sin ton ni son al compás de tan biónica. Pensemos por un instante qué necesidades concretas tiene nuestro país y cómo se responde desde la maquillada anti-política al poder.
Por una parte, se hace el señalamiento discursivo de una gravísima falta de inversiones internacionales en el sector productivo primario e industrial. A ello se responde con un raid de viajes internacionales que brindan la promesa de salvación, a saber, una especie de aluvión de billetes verdes precipitándose sobre la soberana Nación Argentina. A la vez que se inquiere en la necesidad de recaudar los fondos requeridos para mantener semejante Estado inflado, se le quita al sector minero internacional las retenciones que aportaban un margen significativo impositivo a las arcas federales. En otras palabras, al capital exclusivamente extranjero que extrae recursos no renovables (minerales, entre ellos, nada más y nada menos que oro) del suelo argentino, el Gobierno decide facilitarle la “gran carga” impositiva para incentivar la producción que esas pobres mega-empresas deben desarrollar en nuestras montañas.
Desde la alevosía del caso precitado, posemos la mirada en las minucias (hablando comparativamente en términos estrictamente económicos) sobre las cuales el Gobierno también ha decidido colaborar con la idea de progreso. Las restricciones al acceso de medicamentos por parte de los afiliados (jubilados) a la obra social PAMI; la quita de la devolución del IVA a las compras con tarjeta de débito; el incremento constante de tarifas de servicios básicos fundamentales para la vida (electricidad, agua y gas, entre otros); el aumento progresivo del impuesto monotributista a los argentinos que se auto-emplean ofreciendo bienes y servicios (sector considerable de la población que se comió el amague de una campaña presidencial que prometía la panacea para pequeños emprendedores y prestadores locales). La lista sigue, indiscutiblemente. Pero, sólo ponemos como ulterior ejemplo y caso de la excelentísima política del ajuste para el bien de la nación las últimas medidas respecto a la distribución de las asignaciones a las personas discapacitadas.
Sin dudas, podemos apreciar que el márketing político de nuestro soberano Gobierno nacional no se atiene más a las grandes promesas de bienestar general o de Estado benefactor. Pareciera ser que en los días que corren la trasparencia política se sustenta en anunciar medidas que afectan, para parafrasear al prócer Cobos, “no positivamente”, en las necesidades concretas del grueso de la sociedad. Y también es cierto que este proceder, mal que nos pese a un par, brinda réditos políticos sumamente provechosos para los ungidos de la Nueva Argentina en proceso de transformación. ¿Por qué? Porque simultáneamente tenemos trabajadores empobrecidos entretenidos viendo una serie de novelas inconclusas en el escenario de Comodoro Py, dirigidas y producidas por popes de la conformación de opinión pública, grandes referentes del pensamiento occidental como Lanata, Majul, Del Moro, Fantino, Rial, Novaresio, Etchecopar, etc. Es digno de admiración desde el punto de vista de un director de campaña este procedimiento, en el cual se produce un fenómeno curioso, cuando no, tenebroso: el trabajador que tiene que comprar comida con tarjeta de crédito, porque su sueldo se desvaneció antes del día 12 de cada mes, es el mismo trabajador que designa a sus compañeros trabajadores con motes de “vagos”, “hijos de la viveza criolla” y los inflige asiduamente con el argumento potentísimo de tener que pagar entre todos el daño que hicieron los funcionarios del pasado.
Ahora bien, lo que en definitiva se ha logrado con esta estrategia de márketing político es enfrentar a los mismos trabajadores. Se abre una nueva grieta: la del trabajador que no puede salir de la pobreza pero que cree que el problema de fondo radica en aquellos fundamentos que proveen estos grandes estadistas porteños al servicio (nunca trabajan gratis, ni para éstos ni para los de ayer) de la dirigencia actual; y, por el otro, al trabajador empobrecido que sin participar de una diplomatura en coaching ontológico se percata del detalle más común y básico (y trágico), a saber, que el trabajo ya no es, en este modelo, la única forma de salir de la pobreza.
El reciclaje tan bien orquestado del “que se vayan todos” se nos presenta subvertido y pervertido en esto: una política apolítica que desde lo político detesta todo aquello que tiene que ver con el espíritu de la gestión política, en español, gestionar desde lugares concretos de poder las condiciones de posibilidad para responder a las demandas sociales. ¿Qué cambió? ¿A qué huelen estos “nuevos aires”? Hubieron cambios, no se lo puede negar. Se ha conseguido que los afectados drásticamente por las medidas del ajuste no busquen explicaciones fuera de ellos mismos y de sus compañeros trabajadores. “La culpa es nuestra, somos una sociedad corrupta”. Ese eslogan ganó las elecciones, ganó los corazones y las mentes de los sujetos sujetados a la opinión pública rentada de mercenarios de la noticia.
Pues no. La culpa no es nuestra. Los trabajadores trabajan, y lo hacen para vivir, y si es posible, vivir cada vez mejor. No, no es nuestra carga que López tire bolsos en un convento. No, no es ni cerca nuestra responsabilidad que arbitrariamente tengamos que pagar más del 30% de nuestro salario para prender la luz, los calefactores y las canillas. No, no somos culpables de la privatización de los servicios públicos, de la corrupción sindical, de la quita de retenciones a multinacionales, de la marcada y decidida restricción a la creación de industria nacional, al desempleo, a la pérdida de la capacidad de compra y ahorro. No, no hemos elegido no tener vivienda, medios de transporte propios, vacaciones y participación en la oferta cultural. No, de ninguna manera.
Caer en este “mea culpa” nocivo, infundado, mezquino y sumamente útil para la antipolítica al poder nos posiciona en un círculo vicioso en el cual ningún problema se soluciona, paradójicamente, gestionando soluciones de problemas, sino que se esquiva en la retórica de la herencia (historieta que los argentinos venimos escuchando desde 1810) y que, en pleno desarrollo, se lleva puesto un país en su completitud, con todos adentro.



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