Argentina, San Juan, Jueves 17 de Agosto de 2017
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Pensar el Bien Comun
Lisandro Prieto Femenía- Estudiante de Filosofía.





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Pensar el “bien común”
Lisandro Prieto Femenía- Estudiante de Filosofía.
“La ley no es más que una prescripción de la razón en orden al bien común, promulgada por aquel que tiene a su cuidado la comunidad”. Así es como un renombrado medieval definía lo que hoy seguimos llamando “bien común”, “bonum commune”, frase que pretendía señalar el horizonte de sentido social de la legalidad. Ya en la antigüedad, los fundadores de la tradición metafísica occidental, a saber, Platón y Aristóteles, subordinaban los intereses privados al bien común (y público), al punto tal de considerarlo como la característica fundamental del «buen gobierno». El aporte de los medievales fue justamente la introducción del concepto de “utilidad pública” (utilitas rei publicae), cuya raíz encontramos en Cicerón. Es preciso aclarar que en todos estos casos mencionados, el «bien común», el «interés común» o la «utilidad pública» no deben interpretarse a la luz de la típica y errónea identificación con la suma de los bienes particulares de los ciudadanos sino que, siempre y en todo caso, el bien común de la sociedad representaría un valor superior a ello, por lo cual todo podría subordinarse él, incluso el bien particular de los individuos. Vemos en esta breve lectura histórica del concepto que desde sus comienzos hay una evidente tensión (tras una supuesta búsqueda de equilibrio) acerca del rol que un gobierno justo debe proponerse como finalidad y objetivo.
Hasta el Medioevo, es preciso señalar que la cosmovisión en torno al bien común se basaba en un predominio del todo sobre las partes. Ahora bien, y a pesar de que actualmente muchos ciudadanos consideran que el concepto del que tratamos tiene el mismo contenido, es necesario señalar que ese “bien común” no es más que un recuerdo nostálgico de una época de la imagen del mundo que no podemos precisar a ciencia cierta acerca de su existencia fáctica. Más sí podemos precisar que con el liberalismo político propio del empirismo inglés de la modernidad, el concepto de bien común queda sustentado por aspectos estrictamente económicos y sostenidos los mismos por un derecho “natural” de la propiedad privada. A saber, transmuta la utilidad pública a “interés general”. La lectura moderna nos lleva a distinguir ciertos principios del cálculo típicos del utilitarismo, que se representan, también, como una pretendida solución a las tensiones propias entre el interés general y los intereses privados. Tal principio indica que debe perseguirse el mayor bienestar para el mayor número posible de individuos, siempre considerando las posibilidades de la presencia del placer y la ausencia de dolor, y, por supuesto, teniendo en cuenta las circunstancias y contextos sociales de cada comunidad en particular. Lo que se busca en este aspecto del “espíritu moderno” es una aritmética del bienestar, que claramente no se aplica a sentimientos subjetivos, sino más bien a los pros y contras que se derivan de la satisfacción o no de las necesidades que se consideren “vitales”.
Así las cosas, podría seguir pareciéndonos vigente esta interpretación del común de los bienes a la luz de algunos resabios prácticos en el campo fáctico de la política real de nuestro presente. Pero si nos animamos a dudar, es decir, a pensar, podemos dilucidar que detrás de esta búsqueda de la felicidad para la gran mayoría se tejen relaciones de poder que justamente se oponen continuamente a tal intencionalidad, más no así desde el punto discursivo. Damos por ejemplo el caso de cualquier candidato presidencial en cualquier parte del mundo. El postulante aludirá a las urgentes necesidades en las que incurre la gran mayoría de los ciudadanos y se ofrecerán soluciones (estrictamente dialógicas, puesto que no es común oír una explicación del “cómo”) que pretenden salvarnos de una amenazante e insostenible “crisis”, entendida ésta como una situación particular de conflicto e inestabilidad, como también al “momento crucial” en el cual urge actuar de una manera determinada. Aquí es cuando desaparece el “común” de lo que consideramos “bien”. No todos acordarán que nos encontramos en una situación apocalíptica que requiera medidas de fuerza sumamente rigurosas, mientras que otros sentirán empatía por el énfasis puesto en el cambio a toda costa, cueste lo que cueste, en vistas a un proceso duro de supervivencia que promete, al igual que el plan de salvación, una superación del estadio catastrófico. Lo común deviene divergente en la lectura de la práctica real de lo político, puesto que, como dijimos previamente, nuestro pensamiento se rige, entre tantos factores, por el “criterio”, que jamás será “común” o universal.
Teniendo en cuenta que el “kriterion” es la norma con la que se consigue juzgar y valorar, a saber, desarrollar un juicio crítico, una interpretación de la realidad de nuestra circunstancia, tal juicio personal nos lleva a diferenciar, distinguir, separar. La pretensión de aunar criterios, entonces, iría en contra del proceso mismo del pensar, que reacciona a la intención de unidad y univocidad en la cual se pierde todo tipo de diferencia que otorgue identidad. Sin diferencia, sin identidad, no queda lugar alguno al pensar.
Y justamente por ello presentamos esta noción. Porque tanto en el caso del conocimiento (distinción entre verdad y falsedad), como en el plano moral (dilucidación entre bondad y maldad), se precisa inexorablemente de la “máquina de juzgar”, de preguntar y dudar, tan oxidada por la adquisición inmediata de opiniones ajenas fundadas básicamente en las redes sociales (y todos los medios masivos de comunicación). Inmersos ya no en el mundo del hombre, sino de la técnica que hace del hombre unos de sus más preciados productos (y todos sus posibles derivados), se corre tal vez el riesgo de ya no poder preguntar, o mejor, que el preguntar no tenga validez alguna en sí mismo.
Considerando lo expuesto, se podría brevemente ofrecer aquí una lectura, también digna de duda y crítica. Considerando que el pensamiento contemporáneo (postmoderno) rehúye a todo tipo de fundamentación fundacionalista, que niega tanto la univocidad de la totalidad globalizante como también la absurda relatividad totalizante, aparece la opción hermenéutico-política de la analogía, que nos invita a interpretar (leer la realidad , crear sentidos a partir de esa lectura) nuestro mundo considerando matices sin perderse en los mismos ya que “analogía” designa correspondencia a algo, pero de manera proporcionada, no totalizada.
El pensamiento que aquí se ofrece busca interpretar los efectos del pensar político sustitutivo, basándose en la crítica de un sujeto trascendental moderno que “mató a Dios” y por cobardía puso en su lugar un billete verde cuya acumulación representa la entrada o salida del ser humano al ámbito fáctico de la vida común, a saber, de la democracia y de los derechos que ésta debería garantizar. La interpretación analógica de la política busca sentido en medio de las incongruencias que denotan inoperancia (contradicciones pragmáticas) entre el marco legal del Estado de Derecho y la pérdida de fuerza operativa (más no poder) del mismo al momento de hacer lo que dice con lo que estipula su razón de ser: un pueblo que acata el dominio de la legalidad establecida por una Constitución que contiene un cómo, un por qué, un para qué y para quién, que queda desdibujada en vistas a las desproporcionadas condiciones de vida de “los iguales” ante una ley que sólo exige cumplimiento no “al común” sino más bien a la parte.



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