Argentina, San Juan, Jueves 12 de Diciembre de 2019
LECTURA Y PODER
Autora: Graciela Montes (escritora e investigadora)





Aumentar Tamaño Texto
Disminuir Tamaño Texto
Enviar A Un Amigo
Recomendar DIARIOLIBRE.info
Imprimir
Lectura y poder

Agosto de 2003. Resistencia.

Septiembre de 2003. Córdoba.

En un tiempo me gané la vida dando clases particulares. Durante el año preparaba alumnos para el ingreso, y en noviembre y febrero, a los que se habían llevado materias a examen. Así la conocí a Cristina.
Tenía las uñas muy largas y muy bien cuidadas, era remolona, se distraía fácil y planeaba casarse cuanto antes porque de ese modo –explicaba–
iba a poder pasarse el día mirando televisión sin que nadie le dijera
nada. Cristina tenía que rendir, entre otras materias, Historia. Le
tocaba Historia Medieval y tenía un libro, creo que el de Ibáñez. Los
“tiempos oscuros”, como los llamaba el manual, eran para Cristina
impenetrables. Lo único que recordaba de ellos era un dato que
aparecía en cuerpo menor en su libro, junto a la foto en blanco y
negro de un códice, y era que “los monjes escribían los libros con
tinta gris y los ataban con cadenas”. Sólo eso recordaba, pero lo
recordaba muy bien y lo traía a colación indefectiblemente.

Aprendiendo a mi vez de Cristina, que a esta altura seguramente tiene
hijos grandes y, si se casó joven como prometía, tal vez incluso tenga
nietos, voy a empezar por aquí estas reflexiones sobre la lectura y el
poder. A Cristina la tinta gris le sabía posiblemente a secreto, a
disimulo, a “tinta invisible” (puede ser que también a aburrimiento),
y la cadena, a vigilancia, control, propiedad –propiedad privada– y
exclusión. En todo caso, se trataba de una imagen de poder muy
reveladora de la que me gustaría partir.

La lectura tiene que ver con el poder, siempre ha sido así, Cristina
nos lo recuerda; no sólo por lo que respecta a las costumbres
archivistas de los monjes medievales sino también por lo que respecta
a la propia Cristina, que se consideraba por completo extranjera al
libro, ajena a todo interés lector, perdida, con respecto a la
lectura, en el más yermo de los desiertos. Olvidar que la lectura se
vincula al poder sería una forma de desactivarla, de volverla inocua,
la convertiría en adorno, artículo suntuario o “buena costumbre”. No
es un buen camino. Se les puede decir a los que rehúsan leer que les
convendría hacerlo porque leer es “placentero”, “divertido”, o
“genial”, pero si son como Cristina argumentarán que mirar la
televisión todo el día es aún más placentero, divertido y genial para
ellos, y que no entienden por qué insistir con la lectura, que además,
sin lugar a dudas, implica mucho más trabajo. Y eso revela que hay una
falla en el lugar donde se ha instalado la cuestión. Nadie necesitó
nunca que se le dijera que hacer un asado, pasear, tirarse al sol,
tararear una canción o hacer el amor es placentero y que entonces
conviene no olvidarse de hacerlo...

Si se cree que leer vale la pena (yo creo que sí) y que reinstalar y
redefinir la lectura es algo útil, algo que podría llegar a suponer,
para todos, alguna forma de liberación de la pesadez del mundo y sus
condiciones, es importante recuperar cuanto antes el lazo de la
lectura con el poder, su cara vivaz, indómita, urticante, hasta
peligrosa. Y me refiero tanto al poder que significa la lectura para
quien lee (que ya voy a tratar de definir más adelante), como al poder
que ejerce un determinado orden social (pienso en sociedades como la
nuestra, en la que hay una apropiación muy desigual de los bienes,
materiales y simbólicos) sobre la lectura en general, el modo en que
se la administra, se organizan los circuitos, se crean los acervos y
los cánones, se libera o se controla el flujo de la información, se
moldea el imaginario, etc. Control que no sería necesario si no fuese
que la lectura es, en sí, poderosa, díscola y audaz.

Lo que Cristina recordaba a su manera y con esa imagen pintoresca –la
de la concentración del conocimiento y de la letra en el interior de
los monasterios durante los primeros siglos de la Edad Media, y el
extraordinario valor de los códices manuscritos–, refleja muy bien esa
situación de disparidad y de control. La letra escrita supone siempre
una autoridad, y mucho más en esos tiempos tan parcos en letras. Los
discursos, las organizaciones de sentido, los universos simbólicos, el
conocimiento cifrados en la letra –perdurables entonces– suponen un
poder, forman parte de la organización del poder, sirven de referentes
y moldean el universo simbólico. El “secuestro” de los códices, su
atesoramiento y el estricto control que sobre ellos ejercían los
monjes medievales eran al mismo tiempo una manera de “salvar” esos
códices de las guerras y las razzias de las hordas iletradas, que los
monjes suponían tal vez tan hostiles a la letra como nuestra Cristina,
y, por otra, una manera de asegurarse la administración de ese saber,
que, según el pensamiento de la época, no era “para cualquiera” sino
sólo para doctos y bien pensantes. Los campesinos, los rústicos, los
sirvientes tenían sus saberes prácticos, formados por la experiencia,
y también sus relatos, sus canciones, sus tradiciones (que suponían
claro está una lectura del mundo) pero el saber institucionalizado, el
que se había vuelto letra y bien simbólico, las escrituras del dogma,
los tesauros, las fisiologías, las filosofías, las astronomías, todo
lo que moldeaba la configuración simbólica de la sociedad y constituía
el saber científico de la época, todo eso estaba guardado en los
códices cifrados, era para muy pocos y se transmitía con parquedad,
bajo control, en pequeñas dosis. El resto era cultura popular.

Pero lo interesante radica en que la sociedad nunca es lisa, monda y
pareja, que siempre hay brechas, fisuras, rugosidades,
contradicciones. Y lectores desobedientes. Y de esa manera la historia
es empujada hacia adelante. Como en los mitos. Prometeo les robó el
fuego, y el saber, a los dioses para dárselo a los humanos y fue
condenado a que un águila le deshiciera el hígado a picotazos. A
muchos héroes civilizadores les sucedió lo mismo, si tenían que tratar
con dioses celosos como los monjes. En El nombre de la Rosa leer el
libro prohibido supone la muerte. Del igual modo, leer la Biblia
directamente, sin intérprete, en idioma vulgar, como proponía Lutero,
supuso una rebelión contra el orden de la Iglesia que terminó en un
cisma. Y no necesito recordarles la rara fe que tuvieron nuestros
dictadores en el poder de los libros, y de qué manera empecinada
atacaban y quemaban los que les parecían peligrosos, subvertidores del
orden.

Es interesante notar la persistencia de los controles. Y cómo, en
cuanto la lectura innovadora, fresca, deja de ser lectura viva y se
congela en un orden, un orden cualquiera, vuelve a instalarse el
dogma, la clausura, el control, la parquedad. Lutero y Calvino
proponían en los comienzos de su prédica que todos los fieles leyeran
la Biblia directamente en idioma vulgar, sin intérpretes, pero luego,
temerosos de las divergencias, propusieron una cartilla, un catecismo
en lugar de los textos completos. De esa manera protegían el nuevo
orden. Cuando Enrique VIII de Inglaterra autorizó la traducción de la
Biblia, un paso que se había negado a dar durante mucho tiempo,
estatuyó al mismo tiempo los controles y fijó, cuenta Gilmont en la
Historia de la lectura en el mundo occidental, tres categorías de
lectores: los que podían leer directamente y hacer leer en voz alta la
Biblia en inglés (hombres nobles e hidalgos), los que podían leerla
para sí mismos pero no para otros (burgueses y mujeres nobles), y los
que no podían leerla en absoluto (el resto de las mujeres, los
artesanos y aprendices, los sirvientes, los campesinos y peones); y
era ley. Hasta no hace mucho tiempo los libros para niños tenían un
sello que decía “Con la debida licencia”, lo cual significaba que
estaban bajo control: no había en ellos contenidos contrarios al dogma
de la Iglesia. Un libro no era algo que pudiera dejarse suelto.

La lectura es un poder y debe ser mantenido bajo control, parece
entenderse. ¿Por qué? ¿Cuál es el peligro? ¿Por qué ese miedo a que
“quien no está preparado para leer” lea? ¿Se trata del miedo a la
interpretación caprichosa, a la desviación del sentido previsto? ¿Se
piensa que ese sentido, contenido en la letra, puede descarriar al
lector, llevarlo demasiado lejos de su casa, hacia los malos
pensamientos, las zonas prohibidas, las conductas antisociales? ¿O
bien se piensa que es demasiado difícil lo que el lector pretende
leer, que no comprendería y que, por lo tanto, se estaría
desperdiciando la simiente? Lo cierto es que muchas veces, muchísimas
veces la lectura es vista como actividad peligrosa, y el lector
salvaje (no controlado) como un mono con navaja.

Esta cara inquietante, no controlable de la lectura es la que debería
interesarnos más. La lectura es un poder, o un contrapoder: el poder
de salir a pescar por propia cuenta, sin permiso. El lector está para
contrariar lo incuestionable, lo dogmático, lo fijado, lo previsible.
El solo hecho de “ponerse a leer” –como actitud, y mucho antes de
haber leído nada– supone colocarse al margen del funcionamiento,
salirse de la máquina por un instante. Cuando se lee se está poniendo
uno en rebeldía de alguna forma, porque toma distancia de lo
establecido, y la distancia libera de la adhesión. El que lee no “está
pegado” a las cosas, se ha despegado de ellas. El que lee se
“desnaturaliza” de alguna manera, pega el salto, descree de lo
automático, siente perplejidad, curiosidad, intriga, entonces mira,
busca, descifra. Por un rato, mientras está leyendo, no “funciona”,
deja de estar engranado en el mecanismo, y pasa a ser “el que lee”.
Busca indicios y, encontrados los indicios, tiene la audacia de
construir pequeñas ciudades de sentido, pequeños universos que habita
durante un tiempo, sin enraizar definitivamente en ellos porque habrá
que seguir leyendo. El lector es ágil y está siempre insatisfecho.

Es interesante, me parece, esta doble condición de la lectura: por un
lado lectura viva, disposición, actitud, praxis, por otro, lectura
institucionalizada, orden de lectura establecido. La lectura viva es
incesante, está siempre en reconstrucción, recomenzada a cada rato,
nunca solidificada en certezas. Seguirá siendo lectura viva mientras
esté dispuesta a leerse a sí misma. Si no, se convierte, como vimos
con el caso de las cartillas, en lectura “hecha”, en orden de lectura,
que es otra cosa. Un lector lee, pero no pierde tiempo en felicitarse
por el sentido alcanzado, sabe bien que es precario, que el tablero
está siempre en movimiento. Cuando termina de leer vuelve a
desconcertarse, a sentir hambre de sentido y tiene que leer de nuevo.
Cuando está demasiado convencido de que “así son las cosas” o que
“éste es el significado de este libro” o que “lo que hay que leer es
esto y sólo esto”, y se vuelve dogmático, inapelable, es, seguramente,
porque ha dejado de leer. Un orden de lectura es algo diferente de la
lectura viva. Es más bien un equipaje, una tradición, un canon, una
legislación, una serie de certezas bien establecidas.

A lo largo de la historia de lo que llamamos Occidente, desde esos
monjes de Cristina en adelante, donde la letra fue cada vez más y más
omnipresente, la aparición de las contradicciones, los saltos que
fueron modificando el curso de las cosas, estuvieron asociados con la
lectura viva, con ese momento de desconcierto, perplejidad y cambio
del lector, cuando los universos simbólicos que se dan por sentados
empiezan a parecer extraños, o extrañados, y es preciso volver a leer,
“leer de otra manera”. Un “leer de otra manera” que suponía, como es
natural, pelea. El orden de lectura, en cambio, ha estado asociado a
la a la escolástica, a la perduración de los cánones, también de los
grupos de poder de la cultura, a la reproducción de significaciones y
de jerarquías. La lectura viva y el orden de lectura son modos,
instancias que se complementan.

Los monjes de Cristina explican varias cosas, pero, por supuesto, no
la industria cultural en la que estamos sumergidos ahora. Tenían un
saber redondo y, según imaginaban ellos, completo, un saber bajo
control, pero no podían prever lo que sucedería cuando los libros se
multiplicaran, como los panes, y se abarataran (gracias al invento de
la imprenta pero sobre todo a la ampliación del público lector) y
apareciera la industria cultural, y luego la industria cultural
globalizada. Un proceso que, desde los códices inmensos, que debían
leerse en un atril, pasaría por los libros manejables, que se podrían
llevar en el morral, trasladar de un sitio a otro, y llegaría a los
pequeños libros “de mano”, que se leerían en el jardín, precursores de
los libros de bolsillo, y a los panfletos (religiosos, políticos,
artísticos) que se echarían a volar en las plazas y en los cruces de
caminos, y que supondría, por supuesto, un número mucho mayor de
alfabetizados, de gente capaz de leer y escribir, del que esos monjes
podían soñar siquiera. ¿Cómo prever lo que sucedería cuando la letra
se volviera popular y los libros estuvieran simplemente por ahí,
diseminados, casi “en cualquier parte”? Ellos –los monjes– conocían un
mundo de letras parsimoniosas, en manos de muy pocos: los doctos, y,
cada tanto, algún rey, algún noble, redactor de códigos y patrón de
las artes. Sólo después se había difundido la lectura entre los
cortesanos, y sobre todo las cortesanas, que disponían de ocio y
gustaban de un buen relato, y se habían sumado luego los burgueses
ricos, que imitaban a los cortesanos. En esos tiempos los libros eran
escasos, muy caros y limitadísimo el universo de las obras que se
consideraban lo bastante valiosas como para merecer el esfuerzo de la
manuscritura. Pero, con la propagación artesanal primero y luego con
la franca industrialización del libro, había habido cambios muy
grandes. En la circulación, en la presentación, en los contenidos.
Cantos de juglares, relatos escatológicos, de apariciones, sucedidos,
anécdotas, romances épicos, dichos de bufones, piezas de teatro,
juegos, que habían circulado durante siglos oralmente fueron
capturados en la letra por esa industria incipiente, junto con las
cartillas, los catecismos, los instructivos, los abecedarios, los
pliegos de imágenes, y, viceversa, muchos textos del mundo erudito,
del mundo “culto”, fueron “robados” para el pueblo y adaptados al
montón. Había ediciones muy cuidadas pero también muchos libros
baratos que se vendían en los mercados.

Los misioneros que vinieron a América, en particular los franciscanos
y los jesuitas, ya tenían una idea muy diferente de la circulación de
la cultura de la que había imperado entre los monjes que conmovían
tanto a Cristina. Usaban las imágenes para popularizar el dogma y las
ideas, se apresuraron a hacer catecismos, cartillas, glosarios. Eran
partidarios de la adaptación, la popularización y en general de la
hibridación cultural, propia de esos tiempos nuevos.

De esa manera se fue creando un público. De lector empezó a hablarse a
partir de ese momento, no antes. La idea de lector que todavía
conservamos y atesoramos es la que corresponde a la gran expansión
social de la lectura, que fue un proceso lento, desparejo por
supuesto, pero ininterrumpido. Tuvo un hito muy importante en el siglo
XVIII y comienzos el XIX. Ahí tomó forma la imagen del lector político
o filosófico, de ideas románticas. En El siglo de las luces de Alejo
Carpentier están muy bien marcados estos jóvenes hijos de comerciante,
lectores insatisfechos, críticos del orden, que dan vuelta la casa
acomodándola a los libros. Hijos de comerciante como Belgrano, como
Alberdi... A finales del siglo XIX ya no sólo los hijos de
comerciantes, también los obreros de las ciudades tuvieron
bibliotecas, y las mujeres y los chicos ingresaron en masa al universo
de los lectores. En nuestro país la idea de lector más popular, más
difundida, fue ésa, la que cuajó en los comienzos del siglo XX, en
simultánea con la gran inmigración y con la urbanización creciente. La
época de las bibliotecas populares de barrio o de sindicato, de las
ediciones baratas, las conferencias de divulgación, los debates, las
compañías filodramáticas, los recitadores. Algunas de esas bibliotecas
recibieron donaciones de republicanos españoles, emigrados de la
Guerra Civil, que viajaban muchas veces con baúles llenos de libros e
incluso, a veces, con sus sellos editoriales, que mudaron a la
Argentina. Así se fundó Losada por ejemplo. Abril fue fundada, poco
después, por judíos italianos emigrados de la persecución nazi. Datos
que conviene tomar en cuenta si se trata de sacar la cuestión de la
lectura del terreno de la nostalgía y la melancolía para devolverle su
poder, su virulencia.

Fue una época de fervor. Seguía habiendo por supuesto mucha gente
ajena a este movimiento pero, en las ciudades, que era donde por lo
general se producían esas transformaciones y donde la sociedad era más
flúida, se tenía la sensación de que cualquiera que quisiera podía
leer, podía convertirse en lector, y, así, no solo “entretenerse”
sino, sobre todo, apropiarse, de una manera sencilla –tal vez también
desprolija, y errática– de algunos trozos del saber general (la
“cultura general”, como se solía denominar) y devorar universos
simbólicos de todo tipo. Leer era una llave de ascenso social además,
suponía poder social, cambiar de categoría. Fue en ese momento que se
constituyó el circuito del libro tal como lo conocimos hasta hace
pocos años. Todos los que formaban parte de ese circuito (escritores,
traductores, editores, correctores, bibliotecarios, maestros,
intelectuales, libreros, tipógrafos e imprenteros) eran, y se
consideraban, lectores. Muchos eran hijos de inmigrantes de origen
modesto, posiblemente nietos de analfabetos.

Tampoco en ese momento de expansión habría sido necesario hablar tanto
de la lectura, ni preconizar las ventajas de leer. La lectura estaba
disponible, o bastante disponible, al menos en las ciudades. Había
muchísimas publicaciones periódicas baratas que incluían
manifestaciones populares, historietas, chismes, caricaturas,
adaptaciones, junto con debates de ideas y pasajes de la literatura
considerada más prestigiosa, que tenía aval y comentario académico en
ediciones más prestigiosas.

¿Habría que pensar entonces que no había un orden de lectura, que no
se ejercía adminsitración, control? No, no es así. En la literatura
para niños y para jóvenes, donde las reglas de juego son siempre muy
visibles, basta recorrer las contratapas de las ediciones más
populares de los años cuarenta o cincuenta para notar que se repiten
los títulos y los autores y que hay un orden de lecturas, un canon
bien armado. No se salía mucho de ese entramado. Pero sucedía, sí,
algo importante: el ejercicio de la lectura estaba bien visto, por
considerárselo formativo, parte de la formación individual y social
(la palabra “formación” se usaba mucho en ese entonces). Eso era algo
que estaba muy bien instalado en el estado de ánimo general, formaba
parte del espíritu de la época. Y ese sólo ejercicio auspiciado de la
lectura producía sus rupturas, sus rebeldías y sus cambios. Con la
lectura de folletines se saciaba el hambre de ficción como se saciará
luego con el radioteatro y con el teleteatro. Entre esos folletines
había productos de género, adocenados y poco interesantes, pero
también aparecían Balzac, Dickens, Zola, Chéjov, Turguéniev... En las
revistas para todo público, como El Hogar, aparecían cuentos de
Borges. Quiroga publicó decenas de cuentos en el Billiken.

De todas formas es importante subrayar que se trataba de una
“libertad” acotada y que había carriles, expectativas previas, géneros
muy establecidos, etc. No era que los lectores, esos que se añoran,
los de “nosotros sí que leíamos”, fuesen tremendamente audaces y
estuviesen siempre dispuestos a la perplejidad. Tenían su avidez, sí,
pero también tenían un coto. Podían forzarlo, pero no siempre lo
forzaban. Y tampoco eran tantos, ni por cierto eran todos. Digo esto
porque, si no, la generación joven de ahora parece correr siempre en
desventaja, pasar por indiferente y abúlica, y sería un error pensar
eso.

Pero, aunque hubiese reglas y controles y carriles, esa brusca
extensión del universo de los lectores que produjo la
industrialización –y la educación pública– fue, a su manera,
revolucionaria. La sola multiplicación de los libros y de los lectores
supone un cambio, una alteración en el orden de la lectura que no debe
ser desatentida. Y si bien es justo diferenciar unos libros de otros,
ver que algunos proponen sólo entretenimiento, otros disciplina, es
importante subrayar esta fuerza de la cantidad y de la profusión, que
produce transformaciones.

¿Cuáles? Por un lado una desacralización de la letra, de esa
convicción, que sí tenían, justificadamente, los monjes, de que los
libros eran únicos, muy valiosos, contenían tesoros y por lo tanto
debían ser protegidos con cadenas. El modo de manosear los libritos
colgados de un cordel, o los libros apilados en una mesa de ofertas de
feria o de librería o en la góndola de un supermercado supone
seguramente una actitud muy diferente de la veneración. Libros hay
muchos. Muchas personas incluso no saben qué hacer con los libros que
ya no quieren, muchas editoriales trituran los que estuvieron
demasiado tiempo en el depósito y no hay ya esperanza de vender. Es
tanto lo que se edita... Sin duda el aura, como decía Benjamin, la
unicidad de libro se ha ido perdiendo.

Por otra parte no es sólo libro lo que se ofrece al consumo cultural.
Está también el cine, la televisión, la radio, la industria
discográfica, los videoclubes, los devedés, la Internet. Un mismo
relato, algún clásico, como por ejemplo el Tom Sawyer de Mark Twain,
puede leerse, completo o resumido, en cuarenta o cincuenta ediciones
diferentes, adaptado a historieta, convertido en película, en serie de
televisión, en dibujo animado, en rompecabezas, y –completo, resumido,
comentado, dibujado– en la pantalla de Internet. Tal vez haya también
–no lo sé– algún jueguito electrónico que aproveche su pipa, su
sombrero de paja y su famoso truco para pintar la cerca. Multiplicado
de esa manera, puede ser que el Tom Sawyer se nos desdibuje un poco,
pero de todas formas hay una expansión, y eso es algo también vivo,
que debe tomarse en cuenta, que sería tonto no tomar en cuenta porque
es marca de nuestro tiempo. Va a ser indispensable hacer ingresar esta
hibridación de los medios a la cuestión de la lectura; mantenerlos
afuera es absurdo, y poco eficaz. Y esto no va contra la lectura de la
letra, el relato, la poesía, la información, que tienen, desde el
lugar del lenguaje, un papel único, una zona propia. Va a favor de
poner al lector en la posibilidad, que debe ser lícita, explícita y
auspiciada, de aprovechar todo lo que su tiempo le ofrece, de
internarse, con actitud de lectura, por todas partes.

Ya dejamos atrás a los monjes, a los revolucionarios románticos y a
Madame Bovary. Es tiempo que ver dónde estamos parados ahora. ¿Qué
significa leer hoy y aquí, donde estamos? ¿Hay un orden de lectura?
¿Hay un margen para el contrapoder del lector, del buscador
insatisfecho? ¿En qué puede consistir hoy la lectura viva? La realidad
se ha vuelto muy compleja y demasiado opaca, brumosa a fuerza de
discursos: es difícil ver dónde estamos. ¿Cuál es el margen de poder
de lectura que tiene un lector hoy? ¿y cuál es el orden que controla,
encauza, administra o cercena su lectura?

Quiero recordar una vez más que la actitud de lectura (intriga,
perplejidad, búsqueda de indicios, construcción de sentido) es natural
en seres conscientes. Seguramente también fue natural en Cristina.
Escrutar el cielo, el vuelo de las aves, el rostro de una persona, la
textura que adopta la corteza de un tronco, la deriva del río es algo
muy natural. Es natural tratar de entender cómo funciona un motor, una
máquina. La lectura de la letra no es más que una sofisticación de esa
otra lectura. Lo primero que hay para leer es lo que está ahí, el
enigma, el mundo. Algún atisbo de esa lectura todos hemos tenido. Por
supuesto, se han interpuesto de inmediato las lecturas ya fraguadas
antes de nuestra llegada al mundo, las que se reciben como legado, las
que, ya compuestas, lo esperan a uno cuando llega: formas culturales,
instituciones, costumbres, vestidos, creencias, relatos y, sobre todo,
un lenguaje. Está claro que se leerá a través de ese filtro, dentro de
esa trama. Pero, con todo, habrá siempre atisbos de una experiencia
casi directa, situaciones dramáticas a veces, vacíos, huecos, donde
uno se sentirá perplejo, como si le correspondiera hacer sentido por
propia cuenta. Es posible que esto suceda menos en el mundo
contemporáneo que en el antiguo. La tecnología se interpone
fuertemente a la experiencia, como explica Agambene. Las acciones
tienden a volverse más automáticas. Se funciona dentro la máquina y es
cada vez más difícil ponerse al margen de ella. Tal vez el cartonero
que trepa a la montaña de basura donde hay, seguramente, restos de
aparatos, de envases, de comida, de escritos tenga una experiencia
directa más intensa de “lo que está ahí” que la que podamos tener
ninguno de los que bajamos el interruptor y encendemos la luz, giramos
la perilla y hacemos fuego, echamos a andar el lavarropas, encendemos
las pantallas. Tal vez, desde esa experiencia del cartonero, que
percibe, en forma de enigma, desde afuera del funcionamiento, los
restos de la cultura, se pueda construir una contracultura, quién
sabe. En todo caso, la tecnología está allí, es un hecho, y nadie
parece dispuesto a volver atrás. Macedonio Fernández hizo esa
propuesta de volver atrás en un lindo cuento, el del Bobo inteligente.
“La única salvación para la presente humanidad es retroceder cuatro o
seis mil años”, decía el Bobo inteligente, pero nadie le hizo caso.
¿Quién quiere volver a frotar palitos o a lavar la ropa en el agua de
la fuente, que cuando hacía frío sacaba sabañones? La tecnología
supone un progreso, se gana tiempo. Y siempre se puede aprovechar el
tiempo ganado para trabajar un poco más, y comprarse un nuevo
lavarropas, o bien disfrutar del ocio aprovechando la amplia oferta de
la industria cultural.

Con lo que volvemos siempre a nuestro asunto. Porque nosotros
pertenecemos a los tiempos de la industria cultural, y de una
industria cultural concentradísima y globalizada. Cualquier cosa que
digamos en torno a la lectura tiene que tomar esto en cuenta. Toda
lectura se hará dentro de esas reglas de juego.

La industria cultural, como toda industria, está signada por la
cantidad. Cuanto más se produzca, más exitoso se será, mejor se
multiplicará el capital invertido. De manera que producir más, hacer
tiradas de cien mil en lugar de tiradas de mil ejemplares, está en el
sueño de toda empresa editorial, como tener diez millones de
espectadores en lugar de cinco mil está en los sueños de raiting de
todo productor de un programa televisivo. La industria se enorgullece
de la cantidad, y por lo general señala sus éxitos con números. La
reproducción en serie de las obras supone, ya dijimos, la pérdida de
la unicidad, del aura, la obra se convierte en un objeto
intercambiable por otro, pero, a cambio, se le otorga una expansión, y
esa expansión produce, en principio, un efecto de democratización.

Pero lo que tenemos hoy no es sólo industria, es industria muy
concentrada, nunca tan concentrada como ahora, y transnacional,
global, orbital, como se la quiera llamar. La propiedad de los medios
de producción cultural (editoriales, empresas periodísticas, empresas
discográficas, estudios cinematográficos, canales de televisión,
fabricantes de software) está en muy pocas manos. Ha habido fusiones,
se han concertado negocios, ha habido repartos. Muchas veces los
emporios culturales más importantes se ligan además a otras industrias
(papeleras, de combustibles, de telecomunicación), a bancos y
financieras... Eso otorga un poder de expansión y de omnipresencia
hasta ahora desconocidos, pero al mismo tiempo conspira contra el
poder de elección, digamos que desdemocratiza. Puede suceder que un
mismo programa de televisión sea visto simultáneamente por varios
cientos de millones de espectadores, una misma serie producida en
Hollywood consumida semanalmente en cincuenta países, 20 o 30 millones
de copias del mismo cedé vendidos en una semana. ¿Cuántas personas
siguieron la invasión a Irak por CNN? Es imposible que cosas como
éstas no tengan consecuencias.

Ahora bien: los grandes emporios sólo se sostienen si venden más,
siempre más. ¿Será posible seguir ampliando el mercado? ¿A quiénes les
van a vender y qué les van a vender? Tal vez no sea tan sencillo. La
concentración económica supone desempleo, exclusión, hambre, y también
marginación del consumo. Menos consumidores, cosa que a la industria
no le conviene. De modo que lo que hace la industria es renovar la
oferta. Los libros salen, van a servicio de novedades en las
librerías, son probados, si no resultaron ser de venta masiva pasan a
las mesas de ofertas de las librerías de ocasión y el sobrante de
depósito es triturado, para hacer lugar a los nuevos libros. En cierto
modo es natural porque hay un exceso, una saturación de papel impreso.
Todo el esfuerzo de la industria editorial está puesto en la novedad,
el cambio, la oferta (es lo que –se piensa– va a inducir al comprador
a comprar, o a volver a comprar, ya que sin ese estímulo extra de la
“novedad” el comprador probablemente no compraría). En una sucursal de
El Ateneo entran, según datos que recogí la semana pasada, unos 15
títulos nuevos por semana. Duran menos de dos semanas en las mesas.
Las de la entrada están saturadas de libros de autoayuda y lo que los
libreros llaman “new age” (cómo leer las hojas del té, flores de Bach,
etc.), que son los que más se editan (esos títulos representan casi el
50% del stock de librería). Como el circuito es tan vertiginoso, el
librero, aun un librero con oficio, acostumbrado a saber lo que vende,
olvida rápidamente los títulos. Si alguien viene a buscar un título
recomendado un mes atrás en un suplemento cultural, es posible que ya
no haya memoria del paso de ese libro por la librería. Todavía más
despiadado es el circuito de la góndola del supermercado.

Esa persecución frenética de la novedad no supone una renovación real,
ni nuevos temas, ni nuevas presentaciones gráficas, ni nuevos autores,
ni nuevos lenguajes, por lo general. Por el contrario, en el esfuerzo
por “dar en el clavo”, se suele apostar a lo seguro, de modo que todo
tiende a repetirse. También en el cine, en la televisión hay tendencia
a la reproducción. Los gags de las series, los planteos básicos, el
lenguaje de los teleteatros tiende a parecerse. Hay segundas,
terceras, quintas partes por todos lados. En ocasiones aparece algo
nuevo de verdad, por supuesto, pero no siempre consigue sostenerse.

Parece que estuviésemos en el extremo opuesto del orden de los monjes
de tinta gris y códices encadenados que capturó la imaginación de
Cristina. El orden contemporáneo de lectura parece marcado por la
profusión y la ausencia de parámetros, por lo anodino o anárquico. No
parece haber, como en otros momentos de la cultura que llamamos
occidental, temas tabú, asuntos que no se tratan, libros cancelados,
retirados de la vista, peligrosos, aunque aparezcan de tanto en tanto
gestos anacrónicos. Tal vez se deba a que ningún texto, ninguna imagen
parece capaz de poner en jaque al orden del dinero. Tampoco parece
predominar, en general, lo dogmático. Se nota más bien un cierto
cansancio, una indiferencia. De esa manera es más difícil para el
lector organizar su resistencia. El orden resulta inasible, se
escurre, se metamorfosea en base a la fugacidad, la profusión, la
acomodación, las modas, el entretenimiento y las ofertas. En una sola
cosa se parecen el orden medieval de lectura y el contemporáneo: en la
altísima concentración de los bienes. En el resto divergen. En lugar
de un corpus de lecturas organizado como un todo, muy compacto y
resguardado, que no tolera la herejía, hay un montón de pequeños
fragmentos de información que nos van cayendo encima. No alcanzan para
componer sentido. Son como lluvia. Se suman. Se olvidan. Forman parte
de una especie de puré cultural común a todos. Es interesante eso. En
estos tiempos tan desparejos, en que en nada se parece la vida de un
rico a la de un pobre, sucede, sin embargo, que el ciudadano de los
márgenes que viaja camino a su casa, ubicada a la vera de un basural o
en los bajos la autopista, podría llegar ver, a través de la vidriera
del bar del centro o de la ventana encendida del lujoso chalet del
country, la misma escena de televisión, el mismo partido de fútbol que
va a sintonizar él en cuanto llegue a su rancho. Pobre remedo de
democracia, pero, de todas formas, una cuestión que no puede dejar de
tomarse en cuenta.

¿Qué hace el lector en medio de esta tormenta de arena? ¿Cómo hace
para adoptar una posición independiente, para salir a pescar por su
propia cuenta? Adoptar la posición de lector frente a la realidad, ya
vimos, no es nada fácil. La realidad es demasiado compleja y se ha
vuelto demasiado opaca, nos envuelve como una bruma. Si uno tiene sus
necesidades básicas satisfechas, lo más fácil es funcionar, cobijarse
en los engranajes de la máquina, y usar el tiempo libre para
entretenerse. Si uno pertenece a los por lo menos dos tercios de la
población que no tiene sus necesidades básicas satisfechas, se tratará
de sobrevivir, conseguir comida para un día más y reparo suficiente
como para conciliar el sueño.

Pero dijimos que leer vale la pena, yo digo que leer vale la pena, que
es un poder gozoso, un contrapoder que lo despega a uno de la tiranía
de las cosas, de las condiciones pesadas, de lo implacable y lo fatal.
La cuestión es cómo. Lo que nos falta es resolver el acertijo. ¿Cuál
es el sentido de la lectura hoy, en este mundo, tal como están las
cosas? ¿Por dónde empezar para refundar la lectura viva, armar una
lectura nueva? Porque basta ya de añorar lo que fue, basta de quedarse
en la nostalgia, en la melancolía. La melancolía es dulce y hay un
cierto vicio en ella, pero no les va a servir a los jóvenes, la
añoranza es sólo para los viejos. La lectura es un poder vivo, y hay
que aprender a ejercerlo de nuevo. Van a ser otros lectores, lectores
a su manera. Tal vez no un lector como Proust, o como Sarmiento. Tal
vez no lectores a la manera de cómo fuimos los que nos hicimos a la
lectura hace cuarenta o cincuenta años. Otros lectores.

Lo que sigue, que es el final de lo que quería decir hoy, son unos
pocos apuntes para el boceto de un plan que tendremos que armar entre
todos. Algunas actitudes útiles a la instalación de la lectura.
Algunas sugerencias de cómo volver a contradecir lo establecido. Verán
ustedes si les sirven, ojalá que sí, en su trabajo, su trasiego de
cada día.

En el fondo se trata de volver a desear. De superar la indiferencia y
volver a elegir, de ser capaz de hacer un dibujito, un camino. Como en
ese poema-canción tan lindo del artista Jorge de la Vega que después,
en los años setenta, popularizó el programa de Tato Bores: “El
gusanito / va paseando /y en el pastito / va dibujando un dibujito...”
¿Cómo hacer para –gusanitos todos– dejar nuestro dibujo en el pasto,
nuestra pequeña elección, nuestro trazo? Seguramente siendo
empecinados. Es decir, animándonos a hacer como el gusanito. Lo que
supone tomarse algunas licencias.

En una sociedad que obliga al vértigo y al cambio constante volver a
experimentar el tiempo –demorarse en la lectura, volver atrás, releer,
paladear una palabra, leer en voz alta incluso– pueden ser conductas
casi revolucionarias.

También –en una sociedad que propone entretenerse, divertirse y pensar
lo menos posible– es revolucionario recogerse sobre uno mismo,
quedarse en silencio un rato, reflexionar.

Lo mismo en lo que respecta a la resistencia. Decir que no puede ser
revolucionario si sirve para hacerse un lugar, empujar hacia atrás la
línea de saturación, rechazar la oferta, mantener a raya el bombardeo
no comprando, zapeando o cerrando la transmisión cuando haga falta.
(Aquí, en este punto, es donde los industriales me matan.)

Otra sugerencia útil, me parece: ejercer el extrañamiento. Mirar cada
tanto como extranjero, como recién llegado, distanciarse de lo
establecido, leerlo, en lugar de darlo por sentado, dejar de ser
automático, de funcionar. Brecht hablaba de eso en su teoría teatral,
la actitud revolucionaria del artista supone un extrañamiento. Con un
poco de práctica puede ser un ejercicio muy vigorizante.

Otra, y muy importante: recuperar la interpidez, el afán exploratorio.
Salir a pescar. Aceptar todos los lenguajes, todas las experiencias de
lectura. Aceptar también la hibridación, el mestizaje, nuestros
tiempos no son tiempos de puristas. Leer en la pantalla de una
computadora puede ser difícil al comienzo, para quien está
acostumbrado a la permanencia del cuerpo del libro, pero hay que
pensar que se va a leer de otra manera y que va a haber una
sorprendente expansión de la lectura. Para los jóvenes habituados a la
lectura en pantalla puede parecer un exceso de permanencia la del
libro, un esfuerzo de atención exagerado, pero tienen que pensar que
ahondar vale la pena, y les va a deparar goces insospechados. Esta
expansión de las experiencias y los textos (no todos hechos de letras)
es una manera de contrarrestar la garra de la expansión concentrada
del mercado. Hay que aprovechar lo que el tiempo da y beberlo hasta la
última gota. Cualquier cercenamiento, cualquier miedo, cualquier
sectarismo estaría funcionando a la manera de las famosas cadenas.
Todo lo que otorgue más elección, alternativas, va a favor del dibujo
propio. Y todo lo que otorgue protagonismo –un teclado, un lápiz, el
ojo de una cámara fotográfica– deberá ser bienvenido. Escribir y leer
vienen siempre juntos.

Algo más: un punto fundamental que atraviesa todo lo anterior. Deberá
resolverse cuanto antes si ésta, la de la refundación de la lectura,
es una empresa de todos y para todos o sólo de pocos y para pocos: los
elegidos. Yo estoy segura de que todos pueden ser lectores –y
escritores–, absolutamente, no tengo la menor duda. Pero hay mucha
gente que piensa que no, que la disparidad es inevitable, que de algún
modo es natural que se la consolide, que está bien que algunos
funcionen, aspiren a la eficacia simplemente, y otros, los menos,
piensen, lean, se eduquen “en la excelencia” y se liberen de cadenas.
Suena muy medieval, pero es un pensamiento más extendido de lo que se
cree.

Recuperar el tiempo, el silencio, el recogimiento, resistir, ayudan a
distanciarse de las condiciones del mundo. Sin embargo, aun así, aun
haciendo cada uno su trabajo lo mejor posible, demorándose cuando hay
que demorarse, trazando en lo posible alrededor de uno y de aquellos
por los que uno se siente responsable un círculo mágico, donde tenga
sentido la búsqueda del propio dibujo en el pastito, aún así la
empresa sería muy difícil si no fuera por que los lectores tienden a
agremiarse, a formar redes, ciudades de lectura que los hacen sentirse
menos solos. También eso habrá que propiciar, los tratos entre
lectores. El buen consejo del lector más avezado, el comentario del
compañero, la polémica. En un principio de manera artesanal, en los
pequeños ámbitos propicios (la biblioteca sigue siendo el mejor
invento) y luego, con prudencia y astucia, en formas culturales más
complejas.

Pensando hoy en el esfuerzo que seguramente hicieron ustedes para
asistir a este encuentro, porque las cosas no son fáciles, todos lo
sabemos, me decía que, en una de esas, lo mejor habría sido contarles
un cuento. En cambio, me puse a pensar en voz alta. Les traje mis
propias dudas, mis contradicciones, las rugosidades de las que yo
misma me voy agarrando para no resbalarme. Tienen que saber que lo
hice porque respeto lo que ustedes hacen. Y porque me pareció que la
mejor manera de agradecer esta invitación tan generosa a inaugurar las
jornadas era contarles por qué creo que hay que hay que cambiar de
discurso, desechar todo miserabilismo, evitar todo llanto y volver a
poder, simplemente. Recuperar el poder vivo de la lectura, que ese sí
nos hace a todos iguales.

Nunca llegué a decirle nada de esto a Cristina. Mi única esperanza
está en que tal vez, en una de esas panzadas de televisión corrida que
se prometía para después del casamiento haya sintonizado el programa
de Tato Bores y escuchado la canción del gusanito. Era una buena
lectura. Seguía diciendo “... y el dibujito / va paseando / y en el
pastito / va gusaneando un gusanito.



DiarioLibre.info en Facebook


DiarioLibre.info en Whatsapp
EL AGUA VALE MAS QUE EL ORO
PUNTOS DE VISTA
12/12/2019
De que se rien los lideres de las provincias mas pobres del país
El norte es la zona del país más empobrecida. Zamora gobierna desde hace 13 años, Insfran desde hace 24 años, Capitanich desde hace 12. Manzur desde el 2015 habiendo sido vice de Alperovich, quien gobernó durante 12 años antes que él.
12/12/2019
El Ministro de Economía Martín Guzmán dio una conferencia en la que se refirió al dólar, la inflación, las leyes que enviará el gobierno de Alberto Fernandez al Congreso y la relación con el FM
10/12/2019
Empezaron las soluciones de fondo de Alberto Fernandez
09/12/2019
Al final se abrazaron
07/12/2019
Obsceno en plena crisis: Gioja trajo a Palito Ortega para festejar su lujoso cumpleaños
Por Ernesto Simon
En plena crisis, el exgobernador Gioja no se priva de nada. Para festejar sus 70 años trajo a Palito Ortega, un show internacional que sólo puede pagar un multimillonario.

Si bien su cumpleaños número 70 fue el 4 de diciembre, día en que le tocó jurar como diputado nacional, este viernes festejó su onomástico con un espectáculo a todo tren. Son pocos los privilegiados que pueden darse estos lujos en un momento del país en que no todos pueden hacer las cuatro comidas diarias.

Sin embargo, Gioja no escatimó en gastos. La pachanga se realizó en la finca de su hijo Gastón, un empresario exitoso cuya fortuna creció exponencialmente durante los 12 años en los que su papá fue gobernador de San Juan.

Dirigentes del entorno de Gioja, cuyo nombre pidieron mantener en reserva, detallaron que el viernes por la noche se vivió una fiesta que habría costado más de 2.000.000 de pesos, los cuales, en gran parte, habrían sido pagados por el empresario Alberto Salvo, actual adjudicatario, desde que Gioja era gobernador, del servicio de ambulancias SIFEME, que se presenta en su sitio oficial como "la Red de Emergencias Médicas más grande del país".



Salud Pública tiene contratado ese servicio de ambulancias que últimamente dejaron mucho que desear en cuanto al servicio que presta a los usuario.

Trascendió que la empresa Buenos Aires Call, y su vicepresidente Alberto Salvo, estarían detrás del pantagruélico festejo del cumpleaños de José Luis Gioja, quien no se privó de nada en una noche obscena pocas veces vista en la provincia de San Juan.

Habrá que preguntarse quiénes pagaron la fiesta del actual diputado nacional que, fiel a sus contradicciones, habla siempre de justicia social y de los pobres pero lleva una vida de magnate.

Cotizaciones
Dolar Riesgo País Precio Del Vino
$5,32 1.000 $2,00
EL AGUA VALE MAS QUE EL ORO
Difunta Correa - San Juan, Argentina
Copyright© 2005 - 2016 DIARIOLIBRE.info - Todos Los Derechos Reservados.