Argentina, San Juan, Jueves 09 de Septiembre de 2010
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La historia social de la ciudadanía conviene sea diferenciada de la historia de la ciudadanía social. Pero ambas realidades, el mundo cívico y el mundo de la solidaridad politizada, es decir dos amplios perfiles de lo público, se relacionan y se entretejen con coloridas hebras a punto de volverse difícilmente separables sin que se nos oculte que tienen aspectos diferenciables.

La historia social de la ciudadanía está relacionada con el mundo urbano y con el desarrollo de éste, pero principalmente con la memoria de la guerra de la Independencia y las guerras civiles. Es el mundo que evocan Larraín y Hudson en sus entrañables monumentos historiográficos (construcciones de excelente narrativa en términos literarios y de profunda imprecisión en términos de historia científica).

La ciudadanía se ubica en el mundo de lo legendario y muy pocos acceden plenamente a ella, sólo una minoría, una élite relacionada íntimamente con la praxis política. Su tiempo es la época que corre desde que Cabot organiza la hueste sanjuanina e Ignacio de la Roza la dictadura de guerra hasta el momento en que se ajusticia a Virasoro. Son más de cuatro décadas que sirven para conformar un estilo: el ciudadano sanjuanino pertenece a una élite que puede ser laica o religiosa, que es levantisco, que ha vivido la guerra y la invasión, que, como Borges dice de Laprida en el Poema Conjetural, tiene pretensiones intelectuales pero no puede huir de su destino latinoamericano.

La marca de la rebelión está siempre presta a emerger en la piel de la ciudadanía. Así ocurre con el levantamiento de Pedro Nolasco Cobo para el derrocamiento de Virasoro. El ciudadano llevará otra marca: la conspiración, el atentado contra la vida del poderoso y abusivo, que además ha venido de otra parte a adueñarse de voluntades, vidas y bienes. La ciudadanía, tal como lo deja entrever el propio Pedro Nolasco Cobo en su informe no es otra cosa que la capacidad de rebelarse. Es la capacidad de resistir la que consagra la autonomía provincial y la autonomía del ciudadano. Esa actitud lleva al martirio. Así, Antonino Aberastain con su muerte pone de manifiesto todo lo que se arriesga en este ejercicio soberano de la voluntad ciudadana.

Después viene el período de la pasión civilizatoria y sus leyendas, sus recetas, sus grandes liderazgos: Sarmiento, Camilo Rojo. En esa etapa, la ciudadanía consiste en programar el progreso y en lamentar el desierto. Por eso empieza la lucha contra este. Lucha ideológica, lucha en el terreno.

El desierto diseñará con el tiempo, los itinerarios de una resistencia popular expresada bajo la forma de la guerrilla, el bandidaje y la montonera. Durante años, décadas, el pintoresco y trágico bandidaje rural organizado unirá las Lagunas con el todavía boscoso Pie de Palo. ¿Es esta una manifestación surgida en el despoblado, vuelta de revés contra la ciudad del mismo modo que un toro puede venirse por sobre el lazo? Hay un sentido cívico en la montonera Santos Guayama ¿O es acaso ésta la primera parte de la historia de la siempre vaga e inconcreta ciudadanía social? Si la ciudadanía social de los ingleses arranca con los legendarios bandidos y guerrilleros de Robin Hood en el mitico bosque de Sherwood, nuestra ciudadanía social pudo haber nacido de la montonera real y a la vez legendaria de Santos Guayama.

Luego, con el progreso indefinido, la ciudadanía se diluye. Mientras se hacen buenos negocios el mundo cívico declina. Hay telégrafo, ferrocarril, bancos, etc. Hay una vida urbana ciertamente en crecimiento y hay una lucha por la estatuaria cívica. Los gobiernos erigen una memoria rígida, de bronce, de mármol. Todo es estatua: Sarmiento, Del Carril, Laprida, de la Roza, etc. El mundo de lo cívico se petrifica. El símbolo, el ejemplo icónico de este momento es el de Sarmiento cuando dice, señalando la plaza, “allí estará mi estatua”. Los negocios van viento en popa. Las fortunas se acrecientan, la provincia se endeuda, el Estado es el arma en la conquista de lo escaso: el crédito y el agua.

La disputa por el poder es dura y conspirativa. De tanto en tanto se echa mano a las armas, con inocultable crueldad. Como para que el civismo no levante cabeza, la muerte del Negrito Echeverría, periodista y maestro, en 1902, en el arranque del siglo, quiere jugar de advertencia. El poder sanjuanino teme la información y la denuncia. La civilización no es cívica...

Con los Lencinas en Mendoza y los Cantoni en San Juan se produce el momento autóctono más alto de conflicto social. Y esto más en San Juan que en Mendoza. Es la ciudadanía social que empieza a insinuarse debajo del populismo y tutelada por éste. No logra concretarse porque se presenta, también, como enfrentada a un civismo que no la entiende ni la recepta. La Constitución cantonista en 1927 es el símbolo vital de esta etapa. Para garantizar lo social, un civismo débil. Altos valores en lo que hace a solidaridad, pero el civismo está controlado o sólo sirve como memoria activa para resistir la intervención federal detrás de la leyenda de la ciudadanía rampante del siglo XIX cuando no alguna que otra apelación estatuaria. Y esto más en San Juan que en Mendoza donde la energía del lencinismo es absorbida, en los años ‘30 por la burguesía local y el propio radicalismo.

El cantonismo hizo que la ciudadanía social se expresara en el partido, como macrociudadano o macrosujeto de ésta, y el partido a su vez en el liderazgo carismático de su líder. El partido tenía tres partes: la esfera intelectual, con sus líderes y su prensa, la esfera de articulación de demandas (lo que Cantoni llamaba cabos y sargentos), estructura situada en el territorio, y el aparato de la violencia, el sector coercitivo. Según los momentos cada uno es más o menos fuerte.

La reacción conservadora de 1934 a 1943 viene contra la vida cívica y la ciudadanía social. Y contra el Partido: por eso en junio de 1936 el conservadorismo maurinista quema La Reforma, el núcleo intelectual del cantonismo, la prensa partidaria. El cantonismo cívico, fundacional, jamás se levantará de estas cenizas. No hay Ave Fénix que valga en este punto.

El peronismo sanjuanino será en sus orígenes antísmico, conservador, temeroso del civismo, desde luego, como en todo el resto del país. La diferencia es que mientras en algunos otros lugares el peronismo intenta desarrollar una ciudadanía social imperfecta, en San Juan es una continuación del conservadorismo que tiene el camino allanado en la medida en que el bloquismo está disuelto por voluntad de su propio jefe.

La dominación concertada se corresponde con la existencia de un bloquismo que ya no tiene grandes pretensiones cívicas ni mucho menos de ciudadanía social. En esta etapa el bloquismo se transforma en el orden conservador local liderando las capas medias. El civismo queda sumergido en el civismo pactado con las orientaciones políticas principalmente militares. Pero no exclusivamente militares. La clase media sanjuanina se siente cómoda con el régimen bravista que lo garantiza en cierto modo su supervivencia.

Sin embargo llegó el momento del hartazgo y eso fue el punto del impacto de la hiperinflación. Esa especie de inclemencia socioeconómica tuvo efectos muy fuertes sobre la estructura política local. El mito del gobernador empresario estaba disponible para ser utilizado por otra oferta política porque el bloquismo no quería reelegir a Gómez Centurión, hasta entonces el típico gobernador empresario que podía atraer a sectores de clase media cuantitativamente importantes que fueran antipopulistas, reaccionarios, individualistas, no solidarios, etc. Un voto anticívico y lo más distante de la ciudadanía social.

La propuesta de una figura como Jorge Escobar, durante los '90, rompió con la alianza del bloquismo con la apoyatura social del gobernador empresario, colocando a ésta en disponibilidad de un frente con el peronismo local.

Escobar fue presentado como un “Fujimori”, siguiendo el ejemplo de Perú donde se inventó una candidatura no política, o antipolítica. Esto podía funcionar en algunos lugares de la Argentina porque los políticos estaban muy desprestigiados por la inflación y la hiperinflación. Se los asociaba a las consecuencias de esta y los medios de comunicación los presentaban como un fenómeno conflictivo y angustiante.

El bloquismo - que durante años había aparecido como un fenómeno protector - de pronto apareció como un grupo de poder egoísta. Parecía que todo estaba en sus manos. Ésto había empezado a hacerse notorio con la expulsión de dos diputadas de su propio partido de manera injusta y autoritaria, bajo el argumento que las bancas “son del partido”. La Corte de Justicia, al decir que el reclamo de las diputadas era judiciable, se enfrentó a Leopoldo Bravo. La Corte fue expulsada por enfrentarse al manejo partidario que había aceptado durante un tiempo significativo, castigo que contribuyó al sometimiento de la justicia en forma contundente.

Escobar pasó a pertenecer rápidamente al grupo de enriquecimientro rápido liderado por los hermanos Menem, interesados en los negocios mineros regionales (La Rioja - San Juan). Un pariente de Escobar muy cercano a los hermanos Menem porque había estado dedicado a los negocios en La Rioja propuso el nombre de Escobar como candidato y César Ambrosio Gioja se dedicó a operar el nombre del Fujimori sanjuanino dentro del ámbito del peronismo.

En mayo de 1991, Escobar se impuso a Tulio del Bono en la interna peronista. La imagen del gobernador empresario venció a la imagen del intelectual burotecnocrático universitario. La necesidad de empleo empezaba a presionar y el gobernador empresario aparecía como proveedor más eficiente de esa demanda social.

Además, Del Bono se presentaba como progresista, como capitalizando el sector progresista, o como intentando ser el líder que se opusiera desde una polarización progresista a la dominación concertada. Pero el momento era muy conservador y si bien había hartazgo de la dominación concertada, la necesidad de su sustitución se manifestaba hacia la derecha, lo cual no era capitalizable por Del Bono, que no era en verdad un progresista, sino algo que es muy común en la historia del siglo XX sanjuanino: era un garante conservador del progresismo, una tutela de la ex clase fundamental a los progresistas (muy poco anticonservadores) de las clases auxiliares y de grupos tradicionales..

La apuesta por Escobar les pareció a los peronistas mejor que la apuesta por la “Universidad”, institución que aparece en San Juan con aspectos y aristas francamente elitistas. Querían volver al gobierno después de muchos años de la mano de Menem y no en conflicto con éste. Quería, además, ofertar un producto vendible en la vidriera política observada por la derecha: que no pareciera político. Después de todo, si no era peronista ello no significaba mucho: ningún gobernador del peronismo sanjuanino fue peronista, salvo Juan Carlos Rojas (1993-1994), Alvarado era radical forjista, Ruperto Godoy demócrata progresista, Rinaldo Viviani conservador, Eloy Próspero Camus cantonista. Así como los progresistas buscaban garantes o tutores conservadores para legitimarse, los peronistas también lo hacían buscando figuras políticas externas con arraigo social amplio.


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