Pude ver anoche la última película de Campanella, referente de esa novedad anacrónica que se expande por ciertos países de Nuestra América, y en particular en Argentina, bajo el signo de la rearticulación de la derecha. Derecha que, anémica de ideas, intenta cautivar a los espectadores-votantes reescribiendo la Historia, con el último y declarado fin de sobrepasarla, es decir aniquilarla, para llegar al post-modernismo del que gozarían los ciudadanos más opulentos del planeta. Esta derecha, escollada en sus complejos coloniales, cree, quiere creer, que la Argentina necesita ponerse a la moda y tirar por la borda los pesados costos de poseer Historia, Ideologías, Política y Sujetos Emancipadores.
Una vez más se equivoca, ya que la Europa post-moderna no es tal (la prueba in extremis es la crisis financiera y sobretodo social que intenta “gestionar”), e incluso el Imperio tuvo que renegar de las teorías de Fukuyama un trágico 11 de septiembre, allá por el 2001. ¡Hay esta derecha criolla que siempre corre detrás, patito feo de la granja mundial, ilusionándose con un blanco renacer! Apátrida y mortífera, en todo caso en Argentina, especula (lo único que sabe hacer) con un país anestesiado, esclavo de sus vanidades e impermeable al “ridículo” renacimiento de la Patria Sudamericana que se viene articulando.
Esta derecha siempre tuvo sus intelectuales y artistas, que justificaron su proceder, su falsa procedencia y la rescataron otorgándole alguna oscura razón histórica. Hoy también, al sentirse amenazada por los juicios a los genocidas, cómplices y subcómplices del “Proceso de Reorganización Nacional” (parte de su unívoca identidad) avanza fichas-artistas para zafar del definitivo escrache del futuro, y afirma: “todo está dado vuelta”.
Así se presenta la tesis-ficción de Campanella, así de simple: Todo esta dado vuelta, entonces Algo (al menos) debe ser repuesto al derecho.
Ese Algo es, sugestivamente, Toda la Historia Argentina desde Isabel y la triple A, pasando por el “Proceso”, olvidando los ochenta y noventa, para situarse en un presente sin nombre, ni espesor, ni substancia. Un pulcro vacío.
El vacío y la Nada nunca se retiraron, según Campanella, ante la embestida de Malvinas, la primera y amenazada democracia, la lucha inobjetable de los defensores de los Derechos Humanos, el horror neoliberal, los movimientos sociales, el más espectacular default de la historia económica reciente, el de la Argentina del 2001, la anulación de las infames e infamantes leyes de obediencia debida, punto final e indultos, la necesaria articulación política de los pueblos de Nuestra América e via dicendo…curiosa tesis existencial.
Pude también hablar por teléfono con mi abuela y ello añadió más inquietud de la que ya tenía respecto de la intención de Campanella y sus posibles efectos. La voz quebradiza me declaró: “¡Sí, la vi! !cómo no iba a verla! ¿Te enteraste que capaz la nominen para los oscares? Bueno la verdad que no la entendí bien, debería verla de nuevo.” Ahí me dije que tenía que pasar a la acción, a la palabra.
Campanella abusa de tres tristes estrategias para fundamentar su tesis-ficción: 1-La Historia como pasión, es decir sin victimarios ni imputados ni Justicia, ya que las pasiones no se juzgan (exceptuando los crímenes pasionales). 2-La Historia dada vuelta, es decir la duda (el relativismo histórico) sobre la veracidad de lo juzgado y lo
que queda por juzgar. 3- El olvido como remedio, es decir la “tabula rasa” desde donde el Pueblo argentino (o más bien sus culposo cuerpo social re-colonizado) podrá inventarse historias pasionales, podrá cristianamente volver a amar a su prójimo, aunque éste sea un apropiador, torturador o asesino.
Ése olvido incluye obviamente a los efectos directos del “Proceso” en la Historia más reciente: la subsistencia de un apoyo minoritario a las políticas económicas y sociales iniciadas en aquel entonces, la represión policial y la colonización de las consciencias por los mismos grupos mediáticos que trabajaron codo a codo con los agentes del “ Proceso” y la vasta empresa neoliberal que hizo estallar el tejido social y la economía del país y que quiere volver, maquilladita y travestida, al ruedo.
Así comienza, más temprano que tarde, el baile de disfraces.
Campanella abre (o cierra, según los ojos) su película con un flash-back. Queriendo ser une película histórica, esa secuencia es ya una decisión: dos individuos separados, en un no-lugar (una estación de trenes) y en el no-tiempo de un adiós interminable. En el origen fue, entonces, la nada. Campanella utilizará esa nada a lo largo y lo ancho de su tesis.
Después se puede reconocer al protagonista asomado por recuerdos contradictorios, donde una verdad se contrapone a la otra. Una matinal escena de amor francés y la abrupta violación de una mujer llorando y gimiendo. La duda lo acecha, lo inhibe. ¿Qué hacer ante la duda? Escribir, recomponer la memoria: La memoria es pues, dudosa. Puede ser cierto (aunque existen hartas antitesis) refiriéndose a la memoria individual, pero es una verdad relativa si luego se aplica el mismo concepto a la verdad Histórica.
El problema (la argucia de Campanella, su ubicuidad) es que las dos memorias no se diferencian, se pasa de la Memoria a la memoria sin escrúpulos, abriendo el argumento de que éstas, al ser una sola, son una confusión constante que debe ser clarificada.
¿Cómo? Investigando un crimen ambiguo que se sitúa en los albores del Isabelismo, es decir cuando ciertos factores cívico-militares ya no tienen duda de la urgencia de un plan nacional, clandestino e ilegal, para intimidar debilitar, aterrorizar y finalmente desaparecer y matar (con los diversos métodos que posee la crueldad organizada) cualquier grupo, organización o asociación, cualquier ciudadano argentino e incluso extranjero que reniegue, se oponga o no manifieste ostensiblemente su apoyo al Terrorismo de Estado.
Es pues, en base a un crimen pasional acaecido durante ese tiempo, que hay que dudar de las dos memorias.
La tesis-ficción de Campanella identifica no a la Historia, sino a sus consecuencias, con las pasiones. Al crimen, con el crimen pasional. A la búsqueda de justicia con la pasión de la espera (y no de la paciencia, como bien lo demuestran las secuencias del marido de la víctima esperando en diversas estaciones de trenes al ya descubierto asesino). A la pasión de la espera con la secreta pasión del psicópata (el carácter obsesivo, enfermizo del marido es evidente aunque Campanella decreta que sea confundido con el amor).
Luego encontrará otras falsas identidades que podrán afirmar el relato enunciando que Todo es pasión en un mundo pasional. Por lo tanto el producto de ese mundo será una “pasión argentina”, una forma de Boca-River donde Nadie organizará nunca un plan sistemático de exterminación, desaparición forzada, apropiación y terror. Donde se habrá perdido toda racionalidad, toda posibilidad de pensar. La pasión del fútbol es equiparable a la pasión de beber, de amar y de matar.
La ideología es también pura pasión, según lo demuestra bien el alcohólico Watson que secunda el personaje de Darín, cuando declara que le gusta cagarse a piñas (en
un momento se pelea con un “facho”) y mamarse en el bar, y que ello no es producto del clima político, es un placer no más.
Un crimen pasional es un crimen pasional, no más; y la historia del “Proceso” fue eso mismo: un crimen pasional, que podría, puede, ser absuelto.
La segunda parte de la tesis-ficción es quizá la propuesta más perversa de Campanella, se propone allí dar todo vuelta (invertir la Historia) para luego reescribirla, coartada que le permite alcanzar los delirios más estúpidos y paradojalmente más peligrosos.
Para ello se basa en su primera parte cuando juega con la idea de la Historia como crimen pasional.
Una de las secuencias que más me marcaron fue la del falso e ilegal interrogatorio del asesino.
Antes, Campanella inventó a ese buen hombre apasionado por la Justicia y a su heroína que lo ayudará cediendo más bien por amor que por convicción.
En otro retorno al presente (Campanella apuesta por un relato fragmentario, redundante y confuso), ella ha seguido el curso “natural” de las cosa, es jueza y se muestra socarrona ante la idea de exhumar por medio de la ficción el viejo caso archivado. Pero ése caso puede (intuye, y bien) devolverle el amor, restaurar aquella primera imagen de separación.
“Este caso nunca muere”, dice en tono de reproche. Pero cede ante al galanteo de su ex cómplice y le presta una vieja máquina de escribir, la misma que se usó durante el tratamiento del caso. El protagonista no puede escribir a mano, no es un novelista, pero es un apasionado (a esta altura ya no se sabe de qué); nunca hizo más que transcribir fallos judiciales, entonces pese a su incompetencia (el narrador es un incompetente declarado en el relato de Campanella) se dispone a rearmar el expediente. Lo pone patas para arriba, lo “da vuelta”.
Retorno al pasado. Él y el alcohólico “Watson” han detenido al asesino, pero sin pruebas legales, sólo con la ciega convicción de su culpabilidad. El protagonista organiza entonces un interrogatorio ilegal: usurpa el lugar del juez (así como lo hicieron los militares), quiere hacer cantar al asesino pero ¡hay!, termina siendo demasiado garantista. La heroína entra en escena, comienza a maltratar al asesino, lo humilla, lo provoca y termina por hacerlo cantar, no sin antes mostrarnos el miembro del asesino en primer plano (como si también nosotros debiéramos reconocer la prueba de su “virilidad”).
El (falso) interrogatorio en cuestión se parece peligrosamente, aunque en versión heroica, a ciertos procedimientos utilizados durante la detención forzada de personas. Una vez hecha la correlación se pasa a la metáfora: En el pasado hubieron falsos jueces que interrogaron asesinos de manera irregular, pero fueron disculpados porque lo hicieron por la buena causa, representaban las fuerzas antimachistas, antiautoritarias y feministas (horrible reducción). ¿Y quién me asegura que su causa era tan buena? , parece plantear Campanella. Ya que no hay causas ni buenas ni malas, sino pasiones, ¿no habrá sido un exceso de pasión? ¿Y si ellos (las fuerzas antimachistas, antiautoritarias y feministas) cometieron un exceso de pasión, no será lo mismo con los militares?
La tesis-Campanella se esfuerza por ser una metáfora (desafortunada, injusta, parcial) del presente: Vean, hoy las fuerzas antimachistas, progresistas y feministas se han apoderado de la Justicia y la ejecutan como antaño, de manera alegremente ilegal, utilizando como herramienta la pura intuición (y la pasión). Es decir, la Justicia sigue siendo un pletórico e indeseable proyecto. Encima no logra nada, sólo obscenidad y violencia: otro nombre para el vacío.
El cineasta confundió antes, deliberadamente, la Memoria con las memorias. Ahora se aprestará a hacer lo mismo con la Historia y las historias.
Irrumpe en la película el archivo visual (trucado): Isabelita habla por cadena nacional y detrás se adivina al asesino, reconvertido en agente de las “tres A “.
Los dos héroes se quejan ante el juez representante de la “Argentina que se viene” y éste, previsiblemente, los manda a callar, los amenaza y de paso les explica (nos explica) que hay dos mundos irreconciliables: El de los protegidos (la heroína forma parte de esta categoría por su poder familiar y su abolengo) y el de los sospechosos (el héroe es uno más de ellos por su impertinencia y su apellido raso). Otro escándalo reductor, relativista y con ganas negacionistas que produce la tesis-Campanella.
Hoy sabemos, y si no deberíamos saber, que esas categorías niegan la veracidad histórica: Los protegidos lo fueron por muchas razones más que una cuestión de apellido o linaje y los sospechados fueron muy rápidamente perseguidos y por muchas razones más que la impertinencia o un raso apellido. Aunque, es verdad, algo hubo con los apellidos: su consonancia revolucionaria, judía o extranjerizante, la demolición de ésos y otros apellidos mediante el exilo forzado, la desaparición y la apropiación sistemática de bebés nacidos en cautiverio y rebautizados con la identidad del apropiador.
Además, la perversidad del Isabelismo y del “Proceso” ampliaron considerablemente ésas categorías que Campanella pretende hacer pasar por universales, ya lo dije antes: Víctimas fueron todos aquellos que no suscribieron, que se opusieron, resistieron o no festejaron ostensiblemente el Terrorismo de Estado.
Pequeña sorpresa al pasar: la tesis, ya lo hemos casi entendido, quiere banalizar ése preciso contesto histórico. Nadie de buena fe puede aseverar que el cineasta eligió “justamente” aquel contexto por azar.
Así el desastre mayor de la Historia queda sumergido por el accidente de las pequeñas historias: Lo que el juez les dice es, aproximativamente: “para ustedes el amor está prohibido, por ahora”.
Entretanto “Watson” ha sido brutalmente asesinado, y ha salvado a su jefe “dando vuelta” las fotos que podrían identificarlo. Esa será (junto al amor no consumado con la heroína) la razón que impulsará al héroe para llegar al fondo del misterio.
Regreso al futuro: ¿qué es una vida llena de nada? La cuestión lo motiva, lo devuelve al pasado. Como ya sabemos, decide reabrir el caso, esta vez como farsa. Duda de todo y el tiempo pasa. Todo y Todos han envejecido gracias al maquillaje y a algunos detallasen el decorado. Pero el vacío permanece. Y hay que llenar el vacío, como bien rezan las teorías políticas. Sólo que, una vez más, no existió ni existirá tal vacío en el contexto histórico real del que la tesis-Campanella quiere apropiarse
Súbitamente sospecha algo de alguien, del marido de la víctima. La jueza lo ayuda a encontrar su domicilio, en una secuencia que es una grave parodia de las durísimas búsquedas de los organismos defensores de los Derechos Humanos.
Allí el protagonista sufre una sobredosis de imágenes (el espectador también) acompañadas de la letanía obsesiva “todo esta dado vuelta”, por si no entendimos. El cadáver de la mujer, el marido esperando en las estaciones, el genial descubrimiento des desgraciado “Watson”: se puede escapar de todo, salvo de la pasión, los ojos del marido, la deseada jueza, el cadáver de Watson acribillado de balas, y algunos etcéteras ya que Campanella no hace economía de la repetición.
Ligeramente poseído, va ha ver al envejecido marido. Éste no quiere hablar del pasado ¿por qué? Se impone la rectificación histórica antes del horroroso desenlace: ¿las víctimas no hablaron ya repetidamente, obligadas por los
procedimientos legales, del pasado? ¿No testimoniaron con el miedo en el vientre contra los represores? ¿No atravesaron muchas de ellas desde el principio la muralla de los prejuicios y la amenaza y se organizaron, primero las Madres y Abuelas, luego un abanico mayoritario de la sociedad para pedir justicia? ¿Nunca existió Julio López?
¿Por qué entonces? Fácil, a esta altura del irremediable camino que tomó Campanella. Porque la víctima es quizá un victimario. Sigue una patética conversación entre el héroe y el viudo. La metáfora indicará que, por extensión simple, la duda (otra vez) cae sobre Todas las víctimas que perdieron un ser querido.
El viudo cuenta cómo asesinó al asesino, hipótesis de justicia por mano propia de parte de las víctimas, ante la nulidad de la Justicia (que el héroe ya no representa). “Todo está dado vuelta” es la voz que toma posesión del héroe (y que pretende poseer también nuestras conciencias). Y he aquí la conclusión última de la tesis: el asesino no está muerto, es mucho peor, está secuestrado “a perpetuidad” por el (ahora siniestro) viudo.
La secuencia muestra al asesino, humanizado por la vejez y el sufrimiento, pidiendo ayuda al héroe sorprendido (aunque no tanto), y al nuevo victimario (ex-víctima) continuando, a pesar de un cruce de miradas, imperturbablemente su oficio de carcelero.
Todo se explica: las víctimas son dudosas, los victimarios seres humillados y la verdad histórica un soporte para la más indigna de las ficciones históricas, incluso si ésta se disfraza de Thriller, para justificar su injustificable objetivo.
Final feliz, después de todo, fin de la tesis-Campanella: Pasaremos del Temor al Amor, viejo adagio evangelista. Para ello dejemos a los horribles muertos de la Historia con sus enfermizos guardianes, olvidemos tanta historia dada vuelta, ¿no será necesaria una amnistía para reconciliar a esos muertos-vivos (los defensores de los derechos humanos, las víctimas y la Justicia) con esos vivos ya viejecitos e inofensivos? ¿No sería una prueba de amor cristiano?
No Campanella, No. No hay olvido ni perdón: Hay Justicia. Habrá Justicia, y para eso están los defensores de los Derechos Humanos, los organismos de la Democracia, las garantías del Estado de Derecho que supimos conseguir y una Memoria intergeneracional, un relato vivo y verídico de nuestra Historia.
El final es insoportable: Ya todo olvidado, todo revertido, los frustrados amantes pueden consumar sus deseos, darle continuidad a su pequeña historia pasional y encerrarse a hacer vaya saber qué en el despacho judicial. El cineasta nos cierra la puerta en las narices: último ejercicio de discreción.
Los títulos desfilan sobre la imagen de la puerta cerrada.
Gonzalo Peña.
26-01-2010
Gonzalo Peña
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